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INTELIGENCIA EMOCIONAL (Resumen 5)

In Libros on diciembre 5, 2008 by dewmarch

 
Previamente:
Poseemos una mente racional y una mente emocional. Nuestro centro emocional es el sistema límbico. La cuestión más importante en términos de inteligencia emocional es reconocer nuestras propias emociones cuando éstas se presentan, lo que Daniel Goleman (autor de Inteligencia Emocional) denomina conciencia de uno mismo. Es importante no sólo identificar nuestras emociones, sino también nombrarlas. Según John Mayer, un psicólogo de la Universidad de New Hampshire, lo que la gente suele hacer con sus emociones es manejarlas, quedar a expensas de ellas o bien, aceptarlas sin ánimo de cambiarlas.
 
Cerré el último resumen comentando que una vez que somos conscientes de nuestras emociones podemos pasar a la siguiente etapa de la Inteligencia Emocional: superar el mal humor.
 
Arrancamos ahora el quinto resumen:
 
La templanza ante las emociones ha sido elogiada desde la época de la civilización griega. No se trata de suprimirlas: cada sentimiento tiene su razón y su significado. Esta templanza es la clave para el bienestar emocional; no es cuestión de evitar los momentos desagradables, sino de que estos no desplacen a los agradables.
 
Sin embargo, este dominio de las emociones no es una tarea sencilla. La habilidad de serenarnos es considerada por algunos psicoanalistas como fundamental para la vida. Perturbaciones extremas como la depresión o la ansiedad crónica suelen requerir medicación o psicoterapia. Por fortuna, para la mayoría de la gente estos sentimientos tan intensos no son muy frecuentes, aunque las emociones comunes requieren que nos las arreglemos sin ayuda extra.
 
De todos los estados de ánimo de los que la gente desea librarse, la ira es el peor. A diferencia de la tristeza, la ira nos llena de energía. Un disparador universal de la ira es la sensación de peligro: no sólo una amenaza física inminente, sino también amenazas simbólicas sobre nuestra autoestima o dignidad. Estas percepciones generan una oleada límbica que actúa sobre nuestro cerebro liberando catecolaminas, las cuales producen energía suficiente para una "acción vigorosa"; esta energía puede durar algunos minutos. Otro de los estímulos que la ira produce consiste en mantener a nuestro cerebro listo para la excitación; este efecto puede durar horas e incluso días y explica por qué las reacciones subsguientes a la ira se dan con tal rapidez: si hemos tenido un mal día en el trabajo seremos más vulnerables a enfurecernos por una razón que por sí sola no hubiera desatado un asalto emocional.
 
Cuando nuestro organismo se encuentra en este estado de preparación y se da un disparo emocional, la emoción que le sigue (ira o ansiedad) tiene una intensidad especial. Cada provocación de la ira aumenta las catecolaminas, intensificando rápidamente la excitación fisiológica. La ira se construye sobre la ira; libre de las trabas que impone la razón, estalla fácilmente en una reacción violenta. Con este elevado nivel de excitación, aumenta la sensación de invulnerabilidad facilitando la agresión de manera muy primitiva.
 
Distraernos es una buena opción para calmar la ira, pero debemos hacerlo en las primeras etapas del ciclo de la ira. Cuando ésta alcanza niveles elevados, no podemos pensar correctamente.
 
La siguiente emoción: la ansiedad…
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