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FRENESÍ

In Literatura Narrativa (Taller) on octubre 7, 2009 by dewmarch

And I give up forever to touch you
‘Cause I know that you feel me somehow…
John Rzeznik
 
 

Ana sale del baño con una toalla envolviendo su talle. Se despoja de ella al entrar a su cuarto y se mira al espejo antes de comenzar su arreglo. Ha esperado por tanto tiempo esta noche y ha elegido su atuendo minuciosamente: notas de musgo y pachuli para perfumarse el cuerpo; fino encaje cubriendo senos y caderas; negro, por supuesto; no llevará medias, pero lleva liguero. Ojos ahumados, el cabello suelto. El vestido es corto y también es negro, tirantes delgados, por el frente un escote discreto, por detrás otro que da vértigo.

 

Ana sale de casa y sube al automóvil. Mientras conduce a la luz de una luna que ella siente más llena que nunca, no puede evitar el recuerdo. Conoció a Manuel hace algunos años. Él formaba parte del grupo que auditaba a su empresa. Alto, moreno; su espalda era ancha y sus manos grandes, sus ojos obscuros de mirada intensa. Inmediatamente se sintió atraída, aunque le resultaba soberbio. Él también la recuerda: ojos almendrados, negros los cabellos, las piernas muy largas; busto y nalgas generosos. Era la hija del dueño, de ahí, probablemente, la altivez con la que trataba a los auditores. También le gustó. Cada vez que Ana y Manuel coincidían, sentían que una tensión rara les recorría el cuerpo.

 

Una semana después que la auditoría hubo terminado, se encontraron en la fiesta que la mejor amiga de Ana le ofreció a una prima recién llegada del extranjero. Ana no sabía que iba a verlo, él era amigo de la prima; con ropa casual le pareció aún más atractivo. Él también la notó diferente, el vestido corto se ceñía a la redondez de sus formas. Se saludaron, por unos minutos conversaron vagamente acerca de la empresa y se despidieron. Horas después Ana abandonó la fiesta. Una vez al volante sintió el carro pesado y bajó a revisarlo; gracias a las luces de un auto que se acercaba Ana descubrió el pinchazo en una de las llantas. Era Manuel el del auto y se ofreció a cambiar la llanta, pero Ana no quería manejar con la de repuesto. Manuel la convenció entonces que era demasiado tarde para buscar una grúa, y asumiendo que el fraccionamiento privado era lo suficientemente seguro, le dijo "mañana a primera hora vienes por tu carro, yo te llevo a tu casa".

 

Mientras Manuel hacía cambios de velocidad rozaba involuntariamente las piernas de Ana. Ella lo notó, pero no quiso evitarlo. Manuel la miró y le dijo: "Me gustas". Ana evadió su mirada. Las manos de Manuel empezaron a rozar sus piernas, aún sin hacer cambios en la transmisión del auto. Ana lo notó, pero no quiso evitarlo. Manuel la percibió relajada y se arriesgó a subir por el muslo. Ana abrió los labios y entreabrió las piernas. Él siguió hacia arriba y ella dejó escapar un suspiro. Una vez en la casa se reconocieron sin las ropas puestas. Manos, dedos, cuerpos. Sinfonía de suspiros y jadeos. No sería la última vez que lo hicieran.

 

A pesar de que Ana estaba por casarse, ambos empezaron a verse, a compartir momentos. José, el prometido de Ana cumplía una estancia en el extranjero. Cuando la llegada de José fue inminente Manuel reclamó derechos hablando de sentimientos. Ana estaba muy clara en sus planes y no quiso aceptarlo. Mientras José llegaba de lejos, a Manuel le ofrecieron trabajo en una ciudad vecina. Jamás se despidieron. Esta noche Ana espera el reencuentro. Sabe que Manuel se ha casado y tiene ya un hijo. Ella, por su parte, también ha hecho su vida, y a pesar que su matrimonio con José fue un fracaso, su hija Regina le impide el arrepentimiento.

 

Con la compañía de la luna y de música clásica Ana llega al lugar del evento, la boda de la prima aquella. Baja de su carro; a pesar de que la noche es fresca no quiere usar la chalina, desea que los ojos de Manuel se la coman desde el primer momento. Ana entra al salón. Un primer vistazo basta para descubrirlo, para sentir en ella esos ojos de mirar intenso; no ha venido solo. Ana llega a su mesa escoltada por esos ojos casi, casi negros y lo mira a su vez con sus ojos de almendra. Un leve choque eléctrico le recorre el cuerpo. La noche transcurre. Ana baila con algún caballero. Manuel simplemente la mira. Ana continúa bailando y Manuel la imita. Ambos se siguen mirando. Ella se excusa con su compañero y sale a la terraza.

 

Afuera, una brisa le golpea suavemente el rostro. Siente que él se acerca y vuelve la cara. Lo mira. Se miran. Con miradas recorren sus cuerpos.

– ¿Y José?

– Hace un año que nos divorciamos… ¿tu esposa?

– Sí. Tenemos un hijo y ya viene otro en camino.

Un largo silencio. Él le toma la mano, ella siente mariposas en el pecho.

– ¿Eres feliz?

– Lo intento.

Manuel aprovecha el momento y tomando a Ana por la espalda la acerca a su cuerpo. Aprovechando el escote su mano desciende. Ana siente una humedad que le moja el cuerpo. Manuel, por su parte, una rigidez que le aprisionan las piernas. Alguien llega y ellos se separan. Para el allegado, ellos se están saludando, pero en realidad se están reconociendo.

– Nunca nos despedimos

– No, no hubo tiempo.

Manuel se retira. Ana se dirige al estacionamiento, la acompañan la luz de la luna y el olor intenso de la tierra mojada.

 

Ana sube al auto, donde ya la espera. Deja que él conduzca. Una mano le busca las piernas y encuentra el liguero. Ana abre los labios y entreabre las piernas. La mano sigue ascendiendo y en su humedad se detiene. Se besan los labios. Ana siente que le estalla el pecho.

 

Al llegar a la casa ella lo conduce al cuarto. Él le besa la boca, ella le muerde los labios, sus lenguas entablan una ruda batalla. Él le quita primero el vestido y ella le libera el cuello. Él la tira en la cama y le quita el liguero. Ella abre las piernas y lo atrapa entre ellas; sin faltar a los besos lo desnuda por completo. A la erección masculina se interpone el encaje, él se deshace de esa barrera. A ella le hierve la sangre y se le moja el cuerpo. La embiste, con suavidad primero y luego como bestia salvaje. Manos, dedos, cuerpos; compás de fricciones, vaivén de caderas y piernas. Ella siente que él la está partiendo justo por el medio. Una oleada de energía le recorre vientre, piernas, cuello explotando en un grito, mientras un líquido hirviente inunda sus entrañas. Suspiros, jadeos, susurros a un tiempo. Él la mira a los ojos y ella se refugia en su pecho.

 

Al despertar la mañana ella deja la cama. Le sonríe al espejo. Mientras mira el otro cuerpo tendido se dice a sí misma en silencio que habría sido perfecto de haber sido Manuel a quien tuvo dentro.

 
 
 
 
Comentarios que se me fueron ayer:
Noté la repetición aprovecha-aprovechando después del diálogo hasta que se leyó el texto en el taller. Amado hizo la observación de que el "abre las piernas" se repetía. Las dos primeras fueron a propósito (dice "entreabre", de hecho). La tercera concuerdo con Amado… ya no debió existir.
 
Jesús dice que fui repetitiva al decir "se besan los labios". No estoy de acuerdo. Si creo que en general asumimos que un beso se da en los labios, pero no creo que sea una construcción pleonásmica. Hay besos en los labios, besos en las mejillas, besos en la frente, besos en las manos, besos en el cuello, y cantidad de besos del cuello para abajo en los que no quiero ahondar. Bueno, si quiero pero no aquí, ni ahorita 😉
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Una respuesta to “FRENESÍ”

  1. Por cierto, Angélica leyó el cuento y cuando llegó a los eventos "cuchiplanchescos" me dijo: "méndiga, tengo uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis (mientras contaba con los dedos) días que no lo hago"… Y que se la gano diciéndole: "méndiga presumida, tengo uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis MESES que no lo hago"… ¡plop!

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