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NO ES LA MISMA HISTORIA

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 11, 2009 by dewmarch

Lola se tira en la cama después de un día especialmente largo. Ha acostado ya a los niños y sabe que Luis no llegará antes de las once. Se levanta; se acerca al tocador y se mira al espejo. Siente que ha pasado tanto tiempo y los recuerdos la asaltan.

 

Lola y Luis se casaron hace trece años. Lola tenía veintiún años y Luis había sido su único novio, “el amor de su vida”. Pero, a pesar de las muchas ilusiones que tenía, su luna de miel duró estrictamente los cinco días que vacacionaron en la playa.

 

Lola piensa en el día anterior, la reunión semanal con sus amigas, cuando les confesó que había tomado una decisión: va a divorciarse. No, no es que Luis tenga una amante, eso la tiene sin cuidado. Es que se siente sola, se siente acorralada. Es que ya no lo ama y en su cuento de hadas no han sido felices para siempre.

 

Luis la manipuló desde un principio para reducirla, desdibujarla. Lo hizo de recién casados con el trabajo de Lola en la clínica de su padre: no era necesario, él podría mantenerla; lo volvió a hacer meses después de la boda con sus estudios universitarios, con el pretexto del primer embarazo de Lola, a pesar que le faltaba sólo un semestre para terminar la carrera. Una vez que Luisito hubo nacido y Lola quiso regresar a la escuela, dejar el niño al cuidado de nanas o incluso de la abuela era algo impensable. Después de Luis llegaron Ximena y Miguel. Lejos de ser la brillante profesionista que siempre había pensado, Lola quedó atrapada de lleno en el mundo doméstico.

– Pero Lola, ¿no te diste cuenta de que con sus chantajes te controlaba? -preguntó Alicia.

– No, era tan cariñoso cuando lo decía. Me llamaba amor, mi vida. Me decía que siempre había soñado con hijos suyos y míos y que quería lo mejor para ellos. Nadie podría hacerlo mejor que yo.

Cuando los niños fueron lo suficientemente grandes, Lola intentó nuevamente retomar su carrera. Para entonces el “amor” y el “mi vida” habían desaparecido del vocabulario de su marido. Lo único que necesitó Luis para desalentarla fue burlarse de ella: “a tu edad Lola, déjate ya de payasadas, para llevar a los niños al escuela y hacer de comer no necesitas un título universitario. Además, te verías ridícula junto a las jovencitas”.

 

Con la familia política la estrategia de Luis había sido la misma: escindir a Lola. Ese alejamiento que Alicia, Sandra y Pamela nunca habían entendido, Lola lo explicaba: Luis argumentaba que ellos lo veían menos, que le metían ideas en la cabeza, que los niños sufrían al ver que no podían tener las mismas cosas que sus primos. La había acosado de tal forma que Lola veía a su familia sólo una o dos veces al año.

 

Lola había llorado entonces, al platicar con sus amigas, y lloraba ahora. Se repetía a sí misma que debía concentrarse en los malos momentos para no flaquear en su decisión. Retomó el recuerdo justo donde lo dejó. Ahora le contaba a sus amigas que Luis se había vuelto cínico con el asunto de su amante; a pesar de que ella había intentado ignorar el suceso asumiendo que sería una aventura más, él estaba haciendo cosas que nunca antes: llegaba tarde todos los días con el olor evidente de otra; de vez en cuando faltaba a dormir a la casa. Había dejado de esconder las notas de las flores o los souvenirs de los moteles, mientras que anteriormente ella hurgaba minuciosamente para encontrarlos. Lucía chupetones con franco orgullo. Lola sentía que más que tener una amante, se estaba burlando de ella.

 

Sandra y Alicia, ambas casadas, alabaron la decisión de su amiga. Les fue fácil identificarse con la soledad que sentía Lola. Cuando ella les habló de sus planes de terminar por fin su carrera, conseguir un trabajo y quizás hasta una nueva pareja, ellas le echaron porras. Le recordaron que en la universidad ella siempre se había distinguido por su capacidad y que era una mujer joven y guapa todavía. Extrañamente, Pamela no hizo lo mismo. ¿Por qué justamente Pamela no la apoyaba? La soltera del grupo, con ideas de avanzada, quien nunca permitiría que un hombre la sobajara. Pamela le recomendó seguir aguantando, hacer oídos sordos.

– ¡Pamela! Pero, ¿cómo puedes decir eso? -dijeron todas casi al unísono.

Pamela no tuvo ningún empacho al explicarse.

– Lola, tú apenas quieres regresar al escuela, el mercado laboral es una jungla. Jóvenes de veintitantos años que no sólo tienen su carrera terminada, sino maestrías y doctorados, hablan dos o tres idiomas. Los jefes piden favores sexuales y pruebas de embarazo. Si yo estoy donde estoy, es porque estoy sola. Y además quieres encontrar un nuevo amor, ¡qué ilusa! 

Ciertamente a Pamela jamás le faltaba un hombre para sexo desenfrenado en un motel, o incluso para que la acompañara a reuniones sociales. Pero al final del día, en la cama de su casa dormía siempre sola. Tan increíble como pudiera parecerles, Pamela había confesado ahí mismo, con los ojos también mojados, que envidiaba su vida de mujeres casadas.

 

El ruido en uno de los cuartos regresó a Lola a la realidad. Era Ximena, que daba vueltas en la cama. Lola sabía que había llegado el punto en que la tensión familiar empezaba a hacer estragos en sus hijos. Mientras abría la puerta de la recámara y miraba a su hija a contraluz, Lola oyó ruido en la puerta. Al parecer, Luis había llegado por fin a la casa.

 

 

Luis sale del despacho para dirigirse al estacionamiento. Es la primera vez después de mucho tiempo, que a esas horas de la noche está de hecho en la oficina, si bien, no estaba trabajando. Los dos hallazgos del día lo tienen preocupado y les dio muchas vueltas antes de retirarse.

 

Ya en el carro, comienza de nuevo la diatriba. Lola, Lola, ¿qué diablos tiene qué hacer imprimiendo su currículum? ¿Acaso piensa regresar a trabajar? ¡Está loca! Sabe que él nunca ha estado de acuerdo con eso. Aunque francamente duda que pueda encontrar trabajo por sí sola: Lola no terminó la escuela y el único empleo que ha tenido ha sido ayudando a su papá con la contabilidad de su clínica. Pero siempre está la familia, y precisamente la familia de Lola es de mucho abolengo, podrían ayudarle. Y además está Pamela. Esa amiguita de Lola le revienta el hígado porque sólo le mete ideas en la cabeza. ¿Acaso Lola no se da cuenta de que es simplemente una puta con tacones de marca? Un par de acostones de Pamela seguro le conseguirán a Lola trabajo. Y de los buenos. “Si Pamelita no tuviera tantos escrúpulos, ya me la hubiera cogido yo también”, se dice a sí mismo mientras se pasa una luz roja. Luego se da cuenta que no es momento de pensar en ese par de tetas mientras va manejando.

 

Regresa a Lola. Sabe que se le está subiendo a las barbas. Ha estado visitando a sus hermanas sin su consentimiento. Y otra vez el cafecito semanal con sus amigas; si ya había conseguido limitar las salidas a una cada dos meses, ¿por qué de pronto vuelve a salir cada semana? Y con la Pamela incluida seguro han de terminar de putas en algún bar. Aunque hace años que no tiene sexo con Lola le repatea la idea de imaginarla siquiera hablando con otro hombre. ¿Y si salen a bailar? “Carajo” no vio ese tope. Si no viera a Linda tan seguido, bien podría traer a Lola con la rienda más ajustada.

 

Mientras sigue manejando piensa ahora en Linda. Esa niña lo enloquece. Hacía mucho tiempo que no se sentía así por una mujer. Desde Lola tal vez. Si, ha tenido aventuras, pero noviar, lo que se dice noviar, hace tanto tiempo que no lo hacía. Si bien Linda no era virgen, como Lola, le costó trabajo acostarse con ella y pudo notar su inexperiencia. Sexo furtivo con el ex-novio tal vez un par de veces, pero no es una ramera. Y además, ha podido moldearla a su manera. Primero, hacerlo sin condón; convencerla de tomar la pastilla lo más complicado. Luego, algunas guarradas con las que Lola nunca estuvo de acuerdo, y otras que él nunca quiso intentar con ella, porque, después de todo, Lola es la madre de sus hijos. Le encanta Linda, le encantan sus piernas, le encantan sus nalgas; ¡esas nalgas! Y si el conductor de la camioneta no se alcanza a frenar, Luis seguramente se habría estrellado. “Pinches viejas” dice en voz alta, mientras la Lobo realiza una proclama popular con el claxon.

 

Luis se recompone y ahora cavila: ¿por qué la prueba de embarazo en la bolsa de Linda? ¡Qué carajo! Ella sabe que un hijo no está en sus planes. ¿Sería para una amiga? ¡No! ¿Y si Linda tiene también una Pamelita que se la lleve de juerga cuando no está con él? ¡Carajo! Pero siempre resulta bueno que tenga una amiga que pueda sugerirle un aborto en vez de que sea él quien lo haga. Linda pondría el grito en el cielo si lo hiciera. Y de momento, no se imagina cogiendo con otra que no sea ella. ¿Por qué de pronto las jovencitas se pusieron tan remilgosas con los hombres mayores? Ven una cana y sienten que están con el abuelo. ¡Si él podría cogerse a las tres secretarías de su piso en la misma noche! Especialmente a la Lupita, ¡cómo se ve que a esa mujer le hace falta un orgasmo! ¡Carajo! ¡Un bache! Pero ¡qué bache! “Pinche gobierno, ¿qué chingaos hace con nuestros impuestos?” se dice, mientras recuerda que tiene que ponerle un alto a Lola y asegurarse de que Linda no esté embarazada. Este asunto de las dos mujeres lo tiene mal, muy mal. ¡Y nunca trae un peso en la bolsa! Linda resultó señorita de gustos caros y quiere tenerla contenta. Ha faltado ya a los dos últimos juegos de póquer con sus cuates del despacho y de pinche mandilón no lo bajan. Jajaja… ¡ya parece! ¡Lola prohibiéndole algo! Aún así, Lola lo tiene hasta la madre. ¿Por qué diablos se salta las trancas? Luis tiene que tomar una decisión, mientras las piernas de una y la estabilidad de la otra le forman marañas en el cerebro.

 

 

 

Linda se recuesta en el sofá mientras se toma un café. Espera a Luis desde las nueve y ya casi son las once de la noche. Luis nunca llega tarde, algo grave debe haber pasado. Espera que todo esté bien, en especial sus hijos, ¡son su adoración! Quiere llamarlo, pero ahora le preocupa la hora. Si Luis está con su esposa y ella lo llama, él no se lo perdonará. Todavía recuerda aquella vez que lo llamó para que fuera por ella a la escuela, lo metió en un verdadero problema. Lola es una manipuladora y aquella ocasión amenazó con quitarle a los niños. ¡Luis los quiere tanto!, no podría vivir sin ellos. Si quería llamarlo debió haberlo hecho más temprano, ahora debe esperar.

 

Angustiada Linda se levanta y recorre la sala de uno a otro lado. Se pregunta si eso es lo que siente Lola cuando Luis está con ella. No puede evitar recordar el día que la conoció. Llegó a la oficina tan dama, ¡tan amable! Le sorprendió verla guapa. Siempre la imaginó como una gorda con tubos cuando Luis hablaba de ella. Y gritando, la imaginaba gritando. En cambio Lola era tan dulce, tan elegante y tan mujer. Se sintió intimidada y odia reconocerlo. Jamás le dijo a Luis que la había conocido.

 

Linda quiere tranquilizarse y decide que el café no la ayuda. Se dirige a la cocina para echarlo por el fregadero. Además, en su estado no debe tomarlo. No quiere que Luis la descubra y le llame la atención, ¡se pondrá tan contento! Luis siempre le ha dicho que le gustaría tener un hijo suyo, que ella es perfecta. Qué raro que haya insistido con las pastillas, pero ella estuvo de acuerdo en tomarlas porque un hijo no era lo mejor en ese momento. Mas olvidó tomarlas una semana completa y tuvo miedo que Luis la regañara, así que prefirió no decirle. Su primera impresión al conocer la noticia fue de miedo, es demasiado joven para tener un hijo, apenas acaba de terminar su carrera. Pero sabe que Luis nunca la dejaría y que su hijo es fruto del amor, de un amor muy grande. Bien merece la pena recomponer sus planes por un hijo de Luis. “¿Por qué no ha llegado?” se dice mientras sostiene la taza vacía entre sus manos.

 

Linda quiere relajarse. Intenta llamar a una de sus amigas pero se da cuenta de la hora. No quiere alarmar a nadie. Además, sabe que las ha descuidado, hace mucho tiempo que no sale con ellas, pero Luis consume gran parte de su tiempo y ella acaba de empezar a trabajar. Además, ¡Luis es tan bueno! La escucha, la consiente, la mima. Fue él quien sugirió rentar ese departamento para que pudieran pasar más tiempo a solas. Linda se siente tan feliz de prepararle el desayuno las contadas ocasiones que amanecen juntos.

 

Mientras Linda lava la taza recuerda el día que lo conoció. Le pareció tan guapo, tan apuesto. Ella iniciaba sus prácticas profesionales en el bufete de Luis. Cuando estaba con él se le aceleraba el pulso. Luis debió haberlo notado, porque pronto la invitó a salir. Linda se asustó primero, pues ya se había enterado por las secretarias de que Luis era un hombre casado, así que rechazó la invitación. Pero luego sucedió aquella presentación del libro de uno de los clientes de la firma. El señor Ruiz de Soto les había pedido a todos que asistieran. El evento era lejos de su casa y al no iniciar a tiempo su término se retrasó notablemente. A esa hora ya no había transporte público y Linda no tenía dinero suficiente para pagar el taxi. Entonces Luis se ofreció a llevarla a su casa. En ningún momento intentó propasarse; platicaron, él la dejó hablar, se mostró interesado por ella. Le dijo que le gustaba, pero no quería obligarla a nada que ella no quisiera. Ella se sintió halagada. Al llegar a la casa de asistencia donde ella vivía, Linda esperaba un beso, pero Luis fue todo un caballero.

 

Empezó a llevarla a la casa cuando el trabajo en el despacho se prolongaba. Ella se sentía cómoda y segura a su lado. Un buen día, por fin, él sugirió tomar un café antes de llevarla; ella aceptó sin dubitación. Al final de la velada llegó el ansiado beso. Y a partir de entonces no se separaron. Ella aprendió a conocerlo. Se enteró de que su matrimonio con Lola había sido arreglado por la familia de ella, pues se había embarazado cuando aún eran novios; Lola era de buena familia y Luis tenía que responderle. Además, él jamás habría desamparado a un hijo suyo, era sólo que la familia de Lola había amenazado con obstaculizar su incipiente carrera de abogado. Y Lola era una mujer comodina que jamás quiso superarse; dejó de estudiar, nunca más trabajó, evidentemente quería mucho tiempo libre para manipularlo. Linda sabía que cuando por fin, Luis y ella estuvieran juntos, ella no sería como Lola.

 

Linda siguió dando vueltas por la sala del departamento. Para calmarse llevó la mano a su vientre. Sabía que esa vida la llenaría de fuerza para superar cualquier prueba. Luis se pondría feliz al escuchar la noticia y entonces, le pediría el divorcio a Lola. Y no podría imaginar un padre mejor para su hijo. Empezó a imaginar un pequeño con los ojos de Luis. ¡Y con sus manos! Casi se sintió acariciar por las manos de Luis. Lo quería tan inteligente como él, tan sensible como él. Linda empezaba a relajarse, cuando de pronto escuchó pasos en el corredor del edificio. Suspiró con alivio al pensar que Luis al fin había llegado.

 

 

 

Luis detiene su vehículo después del enfrenón. Es la segunda vez que ha estado a punto de chocar esa noche. Sabe que no puede seguir así y ha tomado una decisión: hablará con ella. Con cierto aplomo enciende el radio y mucho más tranquilo, se dirige hacía allá.

Una respuesta to “NO ES LA MISMA HISTORIA”

  1. Por que las mujeres aman a los desgraciados . Siempre me lo pregunte y creo que hasta hoy entiendo un poco. lo que jamas entendere como termine convertido en uno . no es sobre mi y no, no es la misma historia pero se parece tanto.no encuentro el autor pero me parecio excelente

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