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EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 25, 2009 by dewmarch

Texto de ayer para mi taller:

EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ

       Tengo frío- dijo mi abuelo. Y yo le eché encima el sarape de flores que tejió mi tía Amelia.

Horas después mi mamá fue a despertarlo para que cenara. Después de algunos zarandeos descubrió que había muerto.

 

Por supuesto que yo no me enteré inmediatamente de ello. A mis once años mi mamá pensaba que yo era muy chica para lidiar con la muerte. Decidió inventar una mentira, igual que hizo cuando ella y papá se separaron y nosotras nos fuimos a vivir con los abuelos. Entonces inventó que mi papá se había ido a trabajar al otro lado y pocas semanas después me lo encontré paseando en el mercado con una güera.  Nunca le confesé a mi madre que papá no me había saludado, simplemente le dije que lo vi y ella confesó que él se había ido con esa mujer.

 

El día del abuelo yo pensé que algo andaba mal. Después de intentar despertarlo mamá pegó un grito y nos encerró a Ana y a mí en el cuarto. Por la noche, nos mandaron a dormir a casa de Doña Chuy. Al otro día, cuando pregunté por el abuelo mi mamá dijo que había ido a visitar a mi tía Lucha, lo cual era muy raro porque el abuelo nunca hacía viajes largos sin la abuela y porque, siendo víspera de navidad, lo natural era que mi tía Lucha viniera a visitar a los abuelos y no al revés. Imaginé que lo mi madre ocultaba era que el abuelo estaba enfermo y no hice más preguntas.

 

La casa de los abuelos se llenó de gente: familia, amigos, vecinos. Hasta la tía Lucha llegó con notable anticipación a su tradicional visita decembrina. Pasó más de un mes para que mi mamá confesara la muerte del abuelo. Recuerdo que no lloré, quería demostrarle que ya era una niña grande y podía entender las cosas para que no volviera a mentirme, pero por dentro mi mundo se desmoronó.

 

Mi abuelo era mi persona favorita. ¡Lo quería tanto! Por las mañanas era él quien desayunaba con nosotras y nos llevaba a la escuela. Y por la tarde nos traía de vuelta a la casa. Comíamos y nos ayudaba a hacer la tarea. Luego veíamos juntos la televisión. Aunque por la noche las noticias eran obligadas, por las tardes mi abuelo privilegiaba las caricaturas para darle gusto a “sus pequeñas”. Siempre supe que yo era su favorita.

 

Fue mi abuelo quien me explicó lo que pasó con papá y mamá. Fue mi abuelo a quien le conté que me gustaba Jesús, el hijo de Doña Cata, quien un día en el recreo me había besado la mejilla. Fue mi abuelo quien consoló mi rodilla raspada aquel día que caí del columpio y luego le dijo a mamá que había caído camino a la casa para que no nos regañara por las visitas furtivas al parque al salir de la escuela. Fue mi abuelo quien nos compraba conos de nieve al salir de misa los domingos. Fue mi abuelo quien me creyó que yo no había robado el dinero que perdió mi tío Emilio el día de su cumpleaños. Y podría seguir hasta cansarme la lista de cosas que hacía mi abuelo y que temí que nadie más haría entonces por mí.

 

Cuando estaba en la secundaria, organicé una visita de reconocimiento al panteón. Entonces supe, por fin, dónde estaba enterrado el abuelo. Su tumba lucía descuidada, como tantas, pero Jesús me ayudó a limpiarla y luego fuimos a comprarle flores. Ese día Jesús me pidió que yo fuera su novia y me dio mi primer beso al llevarme a la casa. Aún y cuando mi abuelo ya no estaba conmigo, se las arregló para formar parte de ese recuerdo. Era él, sin lugar a dudas, al primero al que se lo habría contado, incluso antes que a Ana, “todavía es muy pequeña para saber de esas cosas”, me dije a mí misma con aires de grandeza cuando resolví que no se lo diría a nadie.

 

Yo no conocía la muerte antes de la muerte de mi abuelo. Yo no sabía lo que era extrañar a alguien tanto, que a veces te duele el estómago. Yo no sabía lo que hacía la gente al mirar al cielo murmurando y después me encontré a mí misma contándole historias al abuelo mientras veía la luna. Tiempo después murió la abuela, pero no me dolió tanto su muerte. La vida sigue, me he dado cuenta. Ahora, Ana y yo somos señoritas y hemos aprendido a cuidar la una de la otra. Hay, sin embargo, cosas de las que no podemos protegernos.

 

Hace un par de horas me enteré de que mi padre ha muerto. Me llamó su esposa, esa mujer rubia con quien lo vi caminando aquel día afuera del mercado. Quiere que Ana y yo vayamos al sepelio y que conozcamos a nuestro medio hermano. Ana quiere ir, pero yo no quiero acompañarla. Sólo sé que aquel día cuando cubrí al abuelo con el sarape de flores que tejió mi tía Amelia, murió el hombre más importante de mi vida. Sólo sé que aquel frío día de otoño murió el único padre que jamás he tenido.

Comentarios:

Ayer por la lectura encontré algunos errores: una palabra que se repetía, un qué que faltaba y un par de comas que me pareció al leer que no eran necesarias. La palabra de más la borré, el qué faltante no me hizo falta ahorita que volví a leer, pero sé que eventualmente encontraré el error (porque ahí está) y las comas ni modo, ahí siguen. No traigo la impresión donde tomé notas y no sé dónde hacer esas correcciones. Ah y ahorita quité un que que me pareció que sobraba. Por lo demás, es el mismo texto que llevé ayer.

La pregunta obligada a mi texto vino de parte de Jesús “¿es una historia real?”. Yo pensé que la haría Socorro, pero no fue. Como ya se dieron cuenta que escribo muchas cosas personales, asumieron que esta también lo era… pero sólo es una historia fruto de mi imaginación. Karlo dijo que le había gustado. Raziel (con c o con z???? tengo la impresión de que lo dijo la otra vez, pero no recuerdo) dijo que le había gustado, que tenía buen ritmo y que conocía chicas a quienes les dolía mucho la muerte del abuelo. Lulú, mi vecinita, que ahora se sentó enfrete de mí (o más bien, yo me senté enfrente de ella) preguntó por el título. En realidad batallé para elegirlo. El archivo aún se titula: Sin título. Y como no creo que sea un cuento, no podía titularlo Cuento Tres (o en qué número voy?). Pero al final me gustó el nombre que elegí para mi texto. Le expliqué a Lulú, Claudia dijo que quedaba claro.

Jesús dijo que era buena para crear la atomósfera “sentimental” (traducción mía, por supuesto) como en este caso, que se sentía añoranza por el abuelo, que tenía buenas imágenes, que mi narrativa es buena.. peeeeeeeeeeero, jaja… en realidad, este pero no me preocupa tanto, considerando que estoy empezando. El pero es que mi historia daba para más. Que delineé muy bien los personajes, pero como que dio la impresión que algo faltaba. Por ejemplo, las chicas que crecen sabiendo de la infidelidad del padre desarrollan una desconfianza hacia los hombres (palabras de Jesús, nuestro instructor), y en la historia no se ve eso con Jesús (el personaje). No era mi intención contar la historia de un trauma. Más bien lo que quería era contar como una persona importante para nosotros puede adherirse a un recuerdo del que ni siquiera forma parte. Ella piensa en su abuelo cuando recuerda su primer beso, porque ese día lo fue a visitar al panteón, porque ese día se quedó con ganas de contarle lo que le había pasado. Y la frase de “hay cosas de las que no podemos protegernos” permitía explotar más. Supongo que pudo haber sido y desatar a partir de esa frase una historia de desamor. Pero mi personaje es muy peque todavía, no tiene porque estar dolida de amor tan pronto y repito que no fue mi intención, aunque reconozco la posibilidad. Jesús dijo que hay que tener muy clara nuestra intención al escribir un texto, y sé que en mis otros textos la tenía clara, y en este no tanto… bueno… es que creo que mis intenciones siempre van al corazón, no a la cabeza. En otros textos he intentado despertar sensaciones, emociones, sentimientos, no soy tan racional para escribir. No sé por qué escogí esa historia, qué pretendía al contarla, que no fuera despertar esa sensación de añoranza por algún ser querido que se fue.  Pero de la historia en sí no…

Ah! Raziel dijo que el último enunciado estaba de más. Jesús fue más allá y dijo que los dos últimos enunciados estaban de más. Pero eso me despierta dudas existenciales, jajaja… O sea… está de más… y entonces se quitan y ¿eso hace mejor el texto? no creo… Tengo que preguntar eso bien, con ejemplos concretos. Ya tengo tres: dos de textos míos y uno de un texto de Karen. Porque entonces, necesito aprender técnicas de “finalización” jaja… O sea queda claro, pero… por qué no puede decirse, jajaja…

Raziel llamó la atención sobre la repetición del “sólo sé que…” del último párrafo. Yo uso mucho esa figura literaria, pero Jesús me aconsejó que al usarla repita las frases más de dos veces, para que no parezca entonces un error. Lo tomaré en cuenta.

Creo que en general fueron los comentarios. Se abre esta entrada para recibir otros, si quien me lee me hace el favor.

Gracias, saludos!

3 comentarios to “EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ”

  1. Felicidades, he leido todos tus cuentos anteriores, y este de verdad merece un comentario. Me atrapo desde el principio y al contrario de los otros, este me mantuvo interesado todo el tiempo. No tuviste necesidad de meter tantos nombres propios que ni al caso, como en los anteriores cuentos, cosa que hizo mas fluida la lectura. En general me gustó, solo que si falta algo, tal vez lo terminaste demasiado rapido, como que me quede con ganas de mas. No se un final mas sorprendente. Pero eso solo tu lo sabes, ya que eres la que lo escribio y nos debes de sorprender.Sobre los ultimos reglones, me parece bien como cierras el cuento con la frase inicial, bueno, casi. Ya que agregas otra frase que no queda. Creo que a eso se refieren con lo de "sale sobrando".Saludos

  2. Ah, se me olvidaba, que bueno que hasta le pusiste titulo. ¿Ya ves que no es tan dificil?. Hasta sirve para redondear mas el cuento. Saludos de nuevo!!

  3. Gracias por tu comentario… Si… pienso que la última frase es la que está de más…

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