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El país de uno, Epílogo (Extracto)

In Libros on marzo 30, 2013 by dewmarch

Días de cinismo. Días de desasosiego. Días de desconsuelo. Así se siente vivir en México actualmente. La atomósfera prevaleciente es escéptica, dura, socarrona o ilcuso resignada. Parecería que una densa neblina de miedo e incertidumbre se ha posado sobre el país y hace difícil distinguir el blanco del negro, el bien del mal, lo correcto de aquello que no lo es.

De ahí la importancia de creer y actuar. De reflexionar. De reunir ideas para escribir una especia de himno nacional, una celebración de la multiplicidad, una cartografía de nuestras convicciones colectivas, una carta de amor al país que llevamos debajo de la piel.

Se trata de decir Yo creo en México. Creo en la poesía de Efraín Huerta; en el poema de José Emilio Pacheco, “Alta traición”. En los hombres del alba y las mil voces descompuesrtas por el frío y el hambre. Creo en el país bello como camelia y triste como lágrima. En la ronca miseria y en la gris melancolía. Amplio, rojizo, cariñoso, país mío. Lugar de ríos y lagos y campos enfermos de amalopas y montañas erizadas de espinas.

Yo creo en el amplio país donde caben los homosexuales y los católicos y las madres solteras y los rezos privados y la laicidad pública y los que creen en Dios y los que dudan de su existencia. A ratos, triste país donde la cobardía y el crimen son pan diario y a pesar de eso lo quiero. México negro, colérico, cruel y a la vez tibio, dulce, valiente porque en sus calles viven hombres y mujeres de buena voluntad.

Yo creo en México. En el país de rosas o geranios, claveles o palomas, manos o pies, panistas o perredistas, derechas o izquierdas, saludos de victoria o puños retadores. Porque debajo de los ojos de fuego y los chorros de insultos y la brutal tarea de pisar mariposas y sombras y cadáveres, hay lo que nos pertenece. Lo que vierte alegría y hace florecer júbilos. Las limpias decisiones de tantos mexicanos que saltan, paralizando el ruido mediocre de las calles, dando voces de alerta. De esperanza. De progreso. Voces para pelear contra el miedo, contra la corrupción, contra la impunidad, contra el abuso, contra el ejercicio arbitrario del poder, contra el río de fatigas.

Te declaro mi amor, magnífico país. Ojalá otros, muchos, lo hagan también. Esta patria, vidrio molido, patria navaja, patria rabiosa, patria melancólica, patria abandonada. Pero patria al fin. A ti te mando un corazón derretido, un torpe arrebato de ternura, una lámpara tenue frente a mis ojos, unas ganas inefables de seguir luchando afanosamente para que el alba sea alba y México pueda ser lo que me imagino.

Nuestra gran reserva mora, la alegría y el entusiasmo parecen estar a punto de agotarse. La patria camina triste, desencantada concentrada en rabia. Pero es en este mínimo jardín donde hay que dar la batalla para que México renazca y se sacuda, como perro recién bañado, de tanto parásito que le ha quitado su sustancia, su ánima y su estilo. Es tiempo de cultivar nuestro jardín.

Hoy toca pedir la paz. No queremos la perversa paz de antes, nutrida en la ignorancia, la colusión, la postración y la connivencia con las abusivas autoridades y los no menos horrendos dinosaurios priistas. Queremos una paz nuevecita, lustrosa, respetuosa, que se funde en los derechos y en la palabra, y que con ellas inaugure un horizonte, aunque sea lejano pero asequible, de equidad y justicia para todos.

Hoy toca ofrecer el patriotismo. El que nace de reconocer que se pertenece a un lugar y a una historia que desde el pasado proyectan una luz que edifica un futuro.

Hoy toca entender que el despertar permanente de México entraña el desmantelamiento del viejo sistema autoritario y la construcción de nuevas instituciones democráticas. Implica el fin de las viejas reglas y el principio de los nuevos códigos de conducta. Implica enterrar el viejo sistema para que no resucite.

Hoy toca creer que México puede ser distinto. Nos han dicho que lo nuestro es callar, obedecer, agacharnos, aceptar sumisamente el martirio y el cáliz. Pero México puede ser diferente. La tarea es enorme y nos incluye a todos.

Hoy toca decir “México” y que estallen mil imágenes decolectando entidades perfectamente definibles, sensoriales, limitadas, emocionantes.

Hoy toca anunciar que la dulce Patria, tan sabia y dulcemente cortejada por López Velarde, es hoy para mí el rostro de mis hijos, la nostalgia de mis muertos y una creciente urgencia de justicia y dignidad para todos. Es un modo de hablar cantadito, ceremonioso, y diminutivo. Es muy emocionante ser mexicano en este nuevo milenio. Yo agradezco esta dádiva. No creo que seamos mejores que nadie. No acepto que nos consideremos inferiores a ninguno. Somos de aquí. Venturosamente somos de México.

Denise Dresser

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