Archive for the ‘Literatura Narrativa (Taller)’ Category

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FANTASÍAS

In Literatura Narrativa (Taller) on marzo 17, 2010 por dewmarch

A sus cuatro años, Juanito cree que el cielo es del color de los melocotones. Pero no es que Juanito vea el cielo color naranja sonrosado; lo que pasa es que, para Juanito, melocotón es esa baya larga y curva que le sirven con cereal o con helado, a la que todos los demás llamamos plátano… Juanito cree que el cielo es de color amarillo, pues eso es lo que siempre le ha dicho su mamá.

 

Amanda, madre de Juanito, aprendió a mentir desde que era muy pequeña. Todo empezó el día que su abuela preguntó si le gustaba el vestido que le habían comprado recién y ella dijo “sí”, una mentira piadosa. Lo que no fue muy piadoso fue dañar el vestido con ayuda de sus tijeras escolares y decir en casa que el vestido se había rasgado por accidente mientras ella jugaba en el parque. A Amanda nunca le gustó ese vestido.

 

Amanda aprendió rápidamente las ventajas de una buena mentira. Odiaba, por ejemplo, los chongos zamoranos que su madre preparaba con frecuencia, así que, cuando Amanda dijo que le gustaban mucho, su mamá empezó a premiarla con ellos y la dejaba comerlos libremente. De esa manera, llevaba los chongos a su cuarto y después se las ingeniaba para que desaparecieran por el drenaje.

 

“Mi papá salió ayer de viaje y todos le ayudamos a mamá a hacer su maleta” dijo el primer día que olvidó llevar la tarea a la escuela. “Yo vi que Pepe lo agarró”, dijo a la amiguita que buscaba afanosamente un sacapuntas decorado, mientras ella ocultaba el preciado objeto en el bolsillo de su pantalón. “Se me soltó y lo atropellaron” decía entrecortadamente, mientras de sus ojos brotaban abundantes lágrimas, al explicar a sus padres por qué había llegado a casa sin su mascota; la verdad es que Amanda lo extravió en el camino y al asumir que el animal moriría tristemente entre las ruedas de un camión de ruta, resolvió que sólo decía la verdad de manera anticipada.

 

Amanda perdió la virginidad con su novio cuando tenía quince años y volvió a perderla seis meses después con el novio de su mejor amiga. A la fecha, ha perdido la virginidad con siete de sus muchos galanes, quienes sin excepción, se mostraron satisfechos de ser el primer hombre en su vida. Evalúa la posibilidad de ser virgen por octava ocasión, aún a pesar de ser madre, pues con la misma facilidad que dijo al padre de Juanito que él no era hijo suyo, dirá al novio en turno que Juanito es sólo un sobrino.

 

Para Amanda mentir es un arte y ella lo domina con maestría. Si bien sus primeras mentiras las dijo con la cabeza gacha, con el tiempo aprendió a hacerlo mirando a su interlocutor a los ojos. En su repertorio de farsas se encuentran el llanto, la risa, el asco y los desmayos. Alguna vez se sorprendió ella misma cuando, al decir que no sabía leer, las palabras escritas perdieron sentido ante sus ojos, como si fueran vocablos de un idioma desconocido para ella; había sublimado la mentira: se había engañado a sí misma.

 

Amanda tiene múltiples personalidades; las guarda en cestos, gavetas y estantes de su departamento y las usa a conveniencia. Cuando es intelectual le gustan los lentes y el traje tipo sastre; escucha música clásica o rock pesado y lee a Nietzsche, Marx, Beauvoir, Rousseau, mientras se da el lujo de coincidir con todos al mismo tiempo. Su espíritu rebelde lo viste de Converse, jeans gastados y playeras del Che; entonces recicla la basura, es vegetariana y ni ella ni Juanito se bañan en varios días para ahorrar el agua. La Amanda deportiva calza tenis y escucha música euro todo el tiempo en su reproductor portátil. Hay otras Amandas en el clóset, esperando maquillaje y vestido para salir a flote.

 

No, no es que Amanda esté enferma, como todos dicen; en sus propias palabras, ella es simplemente, demasiado voluble. Hoy ha amanecido con una idea loca en la cabeza. Quiere ver el mundo tal como lo ve la otra mitad: experimentar lo que ellos, sentir como ellos. Por fin Amanda termina su arreglo, ha cortado su pelo y en la cara luce tremendo mostacho; por su parte, a Juanito le ha sentado bien el vestido nuevo. Desde hoy, ella se llamará Francisco y su hijo será Cinthia. Es lo que ha decidido.

 

 

 

Este es mi cuento de ayer para el Taller. Les dije que corregiría algunas cosas y agregaría un párrafo nuevo. Cambié el nombre de la protagonista y el título del cuento, que originalmente llevaba nombre en singular. Sandra (tocaya de la protagonista original) dijo de inmediato que le había gustado más esta versión. A Claudia le encantó el párrafo nuevo (el de las Amandas en el clóset), bueno… eso dijo ella. Jesús dijo que este texto ya lo veía redondo… bueno, no recuerdo si usó esa palabra, pero esa es la idea. Así que, en general, parece que quedó mejor esta versión, ¿ustedes qué opinan?

 

Me corrigieron tres cositas. Jesús dijo que Converse debería ir con mayúsculas, porque era el nombre de una marca. Aquí aparece ya corregido. Socorro dijo que en el tercer párrafo Amanda aparecía 3 veces y era un párrafo pequeño. Luego dijeron que lo mismo pasaba en el segundo párrafo. Aquí reduje las menciones en ambos párrafos a dos, aunque no me convence demasiado. Jesús dijo que la parte de "en sus propias palabras, ella es, simplemente demasiado voluble" le pareció de inicio un poco rara, pero al releerla le parecía bien. Y es todo. Comentarios y sugerencias son bienvenidos. Gracias por leerme.

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TOCANDO FONDO

In Literatura Narrativa (Taller) on febrero 11, 2010 por dewmarch

Este es el texto que llevé antier al Taller. Está basado en una canción de Ricardo Arjona que se llama, precisamente, Tocando Fondo. Había llevado textos de mi sobrina al Taller, es por eso que no los había publicado aquí. Me corrigieron una expresión en el primer párrafo que he sustituído en el texto que voy a publicar aquí. El doctor (creo que es psiquiatra, y es nuevo compañero en el taller) dijo que mi texto carecía de metáforas; Jesús le dijo que la narrativa no necesariamente debe llevarlas. También dijo el doc que era un tema muy trillado y eso es cierto… está basado en una canción de amor y todas las canciones de amor tratan el trillado tema el amor. El mismo doc usó la palabra lastimero para describir mi texto, lo que no me parece mal, pues la canción, que no describiré como lastimera porque es una canción de Arjona y me gusta mucho y porque la lástima me parece uno de los peores sentimientos del universo, si creo que denota una desesperación y desolación extrema. Zita dijo que la redacción era mu simple y que la simpleza en ocasiones pone, en vez de quitar. Y básicamente eso comentaron.
 
Añadí el último enunciado del texto y corregí ligeramente el enunciado previo para añadir el nuevo. Son las pequeñas diferencias con el texto original. Les dejó aquí la canción para que tengan el referente y a continuación mi historia. Se reciben y agradecen sus comentarios.
 
 
 

El sábado pasado decidí no asistir al partido de fut. ¡Qué bueno!, de otra forma te habría visto de la mano de quien supongo es tu nuevo amor, lo que vio el resto del equipo.

 

Han pasado algunas semanas desde que te fuiste. ¿Cuántas?, no lo sé. Pero aún me niego a quitar tu foto del portarretratos de la habitación. La veo cada nuevo día e imagino que sigues conmigo; te veo entonces cocinando en el horno, preparando la tina para darte un baño, cepillando tu cabello negro, asomándote por el balcón.

 

Hay una enorme ventaja en el hecho de ganarme la vida como freelance: no tengo que salir a la calle, ni tolerar a menudo que estúpidamente me pregunten por ti. A ciencia cierta ignoro el día en que vivo y no sé qué demonios sucede allá afuera. Los amigos insisten en que debo salir del departamento, hablar con la gente, ver las noticias…. yo oiría el noticiero si tratara de ti. Este quinto piso es mi madriguera y a menos que salte por alguna ventana, no lo pienso dejar.

 

¿Sabes que olvidaste el suéter que te regalé? Lo izo diariamente en la sala porque aún huele a ti. Y mantengo todo como lo dejaste para que parezca que aún estás aquí. El tiempo ha servido para arrepentirme, ¿es lo que querías? Sí, no debí acostarme con ella el día que se casó tu hermana y probablemente tampoco debí hacerlo la semana pasada, pero qué más da. Y debí escucharte cuando lo pedías y debí levantar la toalla del piso del baño y debí avisar cuando iba a llegar tarde y ¡por Dios santo!, si te viera con un nuevo corte de cabello por supuesto que lo voy a notar. El tiempo ocioso lo uso sólo para reprocharme todo lo que salió mal.

 

De más está decir que te amo; el día que te fuiste lo repetí tantas veces y no lo creías. Y todo lo que entonces parecía una cursilería hoy brota con facilidad. “No puedo vivir sin ti” es el mensaje que envío diariamente a tu celular; “No insistas en hacernos daño” es lo último que llegó en respuesta hace más de un mes.

 

Miro a través de los ventanales; la ciudad se extiende hasta el horizonte y a pesar de vivir en el penúltimo piso me siento en el sótano de algún pinche hotel. El frío debió terminar hace unas semanas y, sin embargo, la calefacción permanece prendida veinticuatro horas por día. Y el  refrigerador no tiene comida pero no le cabe una cerveza más. No me alcanza el dinero con este ritmo de vida y yo ¡juro! que no vivo otro invierno sin ti… Esperaré encerrado en el departamento que se extinga el aire que algún día respiramos los dos.

 
 

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UN CUENTO SOBRE CÓMO SE ESCRIBEN LOS CUENTOS

In Literatura Narrativa (Taller) on febrero 4, 2010 por dewmarch

Este cuento lo leímos la semana pasada en el Taller de Literatura. Llegué a la sesión una vez que el cuento ya había iniciado, pero lo que escuché me gustó. Intenté conseguirlo por medios que supuse serían más efectivos, pero no fue así. Hasta que recordé que soy una "internetóloga" y decidí buscarlo en la red. Y ¡bingo! lo encontré en la primera búsqueda, aún desconociendo el nombre del cuento y el de su autor. ¿Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo?
 
Aquí comparto el cuento, pues yo también voy a leerlo. Saludos!
 
 
I
Conocí en Tokio por casualidad al escritor Tagaki-san. Nos presentaron en un círculo literario japonés, aunque después no volvimos a vernos; he olvidado las pocas palabras que allí intercambiamos, y de él sólo me quedó la impresión de que había estado casado con una rusa. Era verdaderamente sibuy (sibuy en japonés equivale a chic; su sencilla elegancia era algo que muy pocos logran poseer); extraordinariamente sencillos eran su kimono y sus ghetta (esa especie de coturnos de madera que usan los japoneses en vez de zapatos), llevaba en la mano un sombrero de paja, sus manos eran bellísimas. Hablaba ruso. Era moreno, de baja estatura, delgado y hermoso, si es que a los ojos de un europeo los japoneses pueden parecer hermosos. Me dijeron que había alcanzado la fama con una novela en la que describía a una mujer europea. Se habría borrado ya de mi memoria, como tantos encuentros ocasionales, a no ser… En el archivo del consulado soviético en la ciudad japonesa de K. me cayó entre las manos el expediente de una tal Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki, quien pedía la repatriación. Mi compatriota, el camarada Dyurba, secretario del Consulado General, me llevó a Mayo-san, el templo de la zorra situado en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de K. Para llegar allí es necesario tomar primero un automóvil, luego el funicular, y, al final, continuar a pie entre bosquecillos que crecen sobre las rocas hasta la cima de la montaña, donde había un espeso bosque de cedros, en medio de un silencio sólo turbado con el infinitamente triste tañido de una campana budista. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. A la sombra espesa de los cedros, sobre la explanada de una roca cuyos tres costados caían a pico sobre un desfiladero, surgía un templo con aspecto de monasterio, en cuyos altares reposaban las zorras. Reinaba un silencio profundo; desde allí se abría el horizonte por encima de una cadena de montañas y sobre el inmenso océano que se perdía en la infinita lejanía. No obstante, encontramos una pequeña fonda con cerveza inglesa fresca no muy lejos del templo pero a mayor altura todavía, desde donde era visible también el otro flanco de la cadena montañosa. Bajo la acción de la cerveza, al rumor de los cedros y frente al océano, dos compatriotas pueden conversar bastante bien. Fue entonces cuando el camarada Dyurba me contó una historia que me hizo recordar al escritor Tagaki y que me hace ahora escribir este cuento. Aquel día en Mayo-san reflexionaba yo sobre la manera en que se escriben los cuentos. Sí, ¿cómo se escriben los cuentos? Aquella misma mañana saqué el expediente en que Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki desarrollaba su biografía desde el momento de su nacimiento, pues no había comprendido bien el instructivo según el cual todo repatriado debe proporcionar sus datos biográficos. Para mí, la biografía de esta mujer comienza en el momento en que el barco llegaba al puerto de Suruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a la de millares y millares de mujeres rusas de provincia, cuyas vidas podrían perfectamente escribirse con un método estadístico —monográfico— de conducta, porque se parecen como una cesta a otra: la cesta del primer amor, los sufrimientos y alegrías, el marido, los pequeños engendrados para bien de la patria, y tantas otras cosas…

II
En mi cuento existen él y ella. Sólo una vez he estado en Vladivostok. Fue a finales de agosto, y recordaré siempre Vladivostok como una ciudad de días dorados, de amplios horizontes, de recio viento marino, de mar azul, cielo azul, horizontes azules; en aquella áspera soledad que me recordaba Noruega, porque allá también la tierra se desploma hasta el horizonte en lisos bloques de piedra, sobre los cuales, solitarios, se yerguen los pinos. A decir verdad, estoy siguiendo el método de costumbre: completar con descripciones de la naturaleza los caracteres de los protagonistas. Ella, Sofía Vasilievna Gniedij, nació y creció en Vladivostok. Trataré de presentarla: Había terminado sus cursos en el gimnasio para convertirse en profesora de primera enseñanza, en espera de un buen partido: era una de tantas señoritas como existían por millares en la vieja Rusia. Conocía a Pushkin, por supuesto, pero sólo en las estrictas proporciones exigidas por los programas escolares, y con seguridad confundía los conceptos que entrañan las palabras "ética" y "estética" de la misma manera que los confundí yo cuando escribí un ensayo ampuloso sobre Pushkin, cuando cursaba el sexto año en el Colegio de Ciencias. Era evidente que la pobre ni siquiera podía imaginar que Pushkin comenzara precisamente donde terminaba el programa escolar, así como tampoco había pensado nunca que los hombres creen medir todo por el grado de inteligencia que tienen, y que todo lo que queda por encima o por abajo de su comprensión le parece al hombre un poco estúpido o rematadamente estúpido si él mismo es algo mentecato. Había leído todo Chéjov por haber sido publicado en el suplemento de la revista Neva que recibía su padre, y Chéjov conocía a aquella muchacha, "perdónala, Dios mío, era una pobre tonta…" Pero si queremos volver a Pushkin, esta muchacha podría ser (y yo deseo que así sea) un poco boba, como lo es la poesía, lo que por otra parte puede ser muy agradable cuando se tienen dieciocho años. Tenía ideas propias: sobre la belleza (son muy bellos los kimonos japoneses, especialmente los que fabrican los japoneses sólo para los extranjeros), sobre la justicia (y al efecto con toda razón le retiró el saludo al alférez Ivantsov, quien se había jactado de haber obtenido de ella una cita), sobre la cultura (porque en el concepto común que se tiene de la cultura, existe la convicción de que los Pushkin y los Chéjov —los grandes escritores— son sobre todo hombres extraordinarios, y, en segundo lugar, de que constituyen una especie ya extinguida como la de los mamuts, pues en nuestros tiempos no existe nada ni nadie extraordinario; en efecto, los profetas no nacen ni en la propia patria ni en los propios tiempos). Pero, si se puede aplicar la regla literaria según la cual el carácter de los protagonistas se complementa con las descripciones de la naturaleza, digamos entonces que esta muchacha como un poema —¡el Señor nos perdone!—, un poco boba, era limpia y diáfana como el cielo, el mar y las rocas de la costa rusa del Extremo Oriente. Sofía Vasilievna supo escribir su biografía con tal habilidad, que yo y el funcionario consular no podíamos sino quedarnos perplejos (aunque en mi caso no demasiado) ante el hecho de que aquella mujer apenas si había sido desflorada por los acontecimientos vividos durante aquellos años. Como es sabido, el ejército imperial japonés estaba en 1920 en el punto más oriental de Rusia con el propósito de ocupar todo el Extremo Oriente, y, como también es sabido, los japoneses fueron expulsados por los revolucionarios. En la biografía no aparece una sílaba siquiera sobre esos acontecimientos.
Él
era oficial del estado mayor general del ejército imperial japonés de ocupación, y vivía durante su estancia en Vladivostok en el mismo apartamiento en que Sofía Vasilievna alquilaba una pequeña habitación. Fragmento de la autobiografía: "…todo el mundo lo conocía con el mote de el Macaco. No había quien no se asombrara de que se bañase dos veces al día, usara ropa interior de seda, durmiera por las noches en piyama… Después se le comenzó a estimar… Por las noches jamás salía de casa, y leía en voz alta libros rusos, poemas y cuentos de autores contemporáneos para mí entonces desconocidos: Briusov y Bunin. Hablaba bien el ruso, aunque con un solo defecto: en vez de r pronunciaba l. Y eso fue lo que hizo que nos conociéramos: me encontraba yo junto a su puerta, él leía poemas y luego comenzó a cantar en voz baja: La noche murmuraba… "No pude contenerme al oír su pronunciación y solté una carcajada; él abrió la puerta antes de que lograra alejarme y me dijo: " —Perdone que me atreva a solicitarle un favor, mademoiselle ¿Me permite usted que le haga una visita? "Me quedé muy aturdida, no comprendí nada; le dije que me excusara y me encerré en mi habitación. Al día siguiente se presentó a hacerme la visita anunciada. Me entregó una caja enorme de chocolates, y luego me dijo: "—¿Recuerda que le pedí permiso para hacerle una visita? Por favor, tome usted un chocolate. Dígame, ¿cuál es su impresión sobre el tiempo?" El oficial japonés demostró ser un hombre con intenciones serias, todo lo contrario del alférez Ivantsov, quien concertaba las citas en callejones oscuros y estiraba las manos. El japonés invitaba a la muchacha al teatro a una buena localidad y después de la función la llevaba a un café. Sofía Gniedij le escribió una carta a su madre en la que le refería las intenciones serias del oficial. En su confesión autobiográfica, describe minuciosamente cómo una noche el oficial, que estaba en la habitación de ella, palideció de golpe, cómo su rostro adquirió luego un color violáceo y la sangre le afluyó a los ojos, y cómo se retiró apresuradamente, por lo que ella comprendió que en él había estallado la pasión… y luego lloró largamente sobre la almohada, sintiendo miedo físico hacia aquel japonés tan diferente, por raza, de ella. "Pero fueron precisamente esos arrebatos pasionales, que él sabía contener a la perfección, los que después encendieron mi curiosidad de mujer." Y comenzó a amarlo. Él le hizo la proposición de matrimonio muy al estilo de Turgueniev, en uniforme de gala y guantes blancos, la mañana de un día de fiesta, en presencia de los patrones de casa, según todas las reglas europeas, y le ofreció su mano y el corazón. "Dijo que volvería dentro de una semana al Japón y me pidió que lo siguiera, porque muy pronto los revolucionarios tomarían la ciudad. Según el reglamento del ejército japonés, los oficiales no pueden contraer matrimonio con mujeres extranjeras, y los oficiales del estado mayor tienen prohibido, en términos generales, casarse antes de cierto límite de edad. Por tales motivos me pidió mantener en el más estricto secreto nuestra situación, y vivir, hasta el día que lograra obtener el retiro, al lado de sus padres, en un pueblo japonés. Me dejó mil quinientos yenes y una carta de presentación para que pudiera reunirme con sus padres. Le dije que sí…" Los japoneses eran odiados en toda la costa del Extremo Oriente ruso: los japoneses capturaban a los bolcheviques y los asesinaban, quemando a algunos en las calderas de los acorazados estacionados en la bahía, a otros los fusilaban o los quemaban en hornos construidos sobre pequeños volcanes de lodo… los revolucionarios echaban mano de toda su astucia para destruir a los japoneses (Kolchiak y Sionov habían ya muerto)… Los moscovitas se acercaban como un torrente enorme de lava… pero Sofía Vasilievna no dedica siquiera una línea a esos acontecimientos.

III
La verdadera y auténtica biografía de Sofía Vasilievna comienza el día en que puso pie en el archipiélago japonés. Esta biografía constituye una confirmación a las leyes de las grandes cifras con sus excepciones estadísticas. No he vivido en Suruga, pero sé muy bien lo que es la policía japonesa y lo que son esos agentes que hasta los propios japoneses llaman inu, es decir perros. Los inu actúan de una manera aplastante, porque tienen prisa, hablan un ruso imposible, piden las generales comenzando con el nombre, patronímico y apellido de la abuela materna; su explicación es que "la policía japonesa necesita saberlo todo"; se enteran, casi sin que el interrogado se dé cuenta del "objeto de la visita". Escudriñan las cosas con la misma brutalidad con que inspeccionan el alma, según el sinobi, o sea el método científico de la escuela de policía japonesa. Suruga es un puerto pequeño, donde fuera de las casas de estilo japonés no existe siquiera un edificio europeo; un puerto donde abunda la pesca del pulpo, al que revientan para obtener la tinta y ponen luego a secar en las calles. En aquella provincia japonesa contribuía a sembrar la confusión, además de la policía, el hecho de que un gesto que en Vladivostok significa "ven acá" quiere decir en Suruga "aléjate de mí"; los rostros de los habitantes, por otra parte, no dicen nada, conforme a las reglas del hermetismo japonés que exige ocultar cualquier intimidad y no revelarla ni siquiera por la expresión de los ojos. Sin duda le preguntaron a Sofía Vasilievna "el objeto de su visita" y ella no debió recordar con exactitud los apellidos de su abuela materna. A ese propósito escribe brevemente: "Me interrogaron sobre el objeto de mi viaje. Me tuvieron arrestada. Permanecí un día entero en la delegación de policía. Constantemente me preguntaban sobre mis relaciones con Tagaki y por qué me había dado una carta de presentación: declaré que era su prometida, porque la policía me amenazó con repatriarme en el mismo barco si no hablaba. Tan pronto como confesé me dejaron tranquila y me llevaron un plato de arroz con dos palillos, que entonces todavía no sabía usar. Esa misma noche llegó Tagaki-san, el novio, a Suruga. Ella lo vio desde la ventana dirigirse resueltamente a la oficina del jefe de la policía. Le pidieron cuentas sobre la muchacha. Tagaki se comportó virilmente y declaró: —Sí, es mi prometida. Le aconsejaron devolverla a su patria, pero él se negó. Le dijeron que sería expulsado del ejército y desterrado a algún lugar remoto: él lo sabía. Entonces quedaron en libertad él y ella. Él, a la manera de Turgueniev, le besó la mano y no le hizo el menor reproche. Después la acompañó al tren y le dijo que en Osaka encontraría a su hermano; que él por el momento "estaría un poco ocupado". Desapareció en la oscuridad; el tren se internó entre montes oscuros. La muchacha permaneció en la más absoluta soledad, y se convenció de que él, Tagaki, era la única persona por quien sentía cariño y devoción, hacia la cual se sentía ligada y llena de gratitud, y también de incomprensión. El vagón estaba bien iluminado; afuera todo eran tinieblas. Todas las cosas que la rodeaban le parecieron horribles e incomprensibles, sobre todo cuando los japoneses que viajaban en su compartimiento, hombres y mujeres, se desvistieron para dormir, sin ninguna vergüenza de mostrar el cuerpo desnudo, así como cuando, en algunas estaciones, vio comprar a través de las ventanillas té caliente en pequeñas botellas y cajas de madera de abeto que contenían una cena de arroz, pescado, rábanos, una servilleta de papel, un mondadientes y un par de palillos, con los que había que comer. Después se apagó la luz y los pasajeros comenzaron a dormir. Sofía Vasilievna no logró pegar un ojo en toda la noche, víctima de la soledad, de la incomprensión, del espanto. No entendía nada. En Osaka fue la última en bajar al andén y se encontró inmediatamente ante un hombre en kimono de tela oscura a rayas, con los pies atados a dos trozos de madera. Se sintió muy ofendida por el silbido con que aquel individuo acompañó su propia reverencia, apoyando las manos abiertas sobre las rodillas, y de la tarjeta de visita que le entregó sin tenderle la mano: ella ignoraba que tal era la manera de saludar entre los japoneses; mientras ella estaba dispuesta a abrazar a su pariente, él ni siquiera se dignaba a estrecharle la mano… Se quedó paralizada, sintiendo que ardía de humillación. Él no sabía una sola palabra de ruso: le dio una palmadita en un hombro y le indicó la salida. Se pusieron en movimiento. Entraron en un automóvil. La ensordeció y la cegó la ciudad, comparada con la cual, Vladivostok era una aldea. Llegaron a un restaurante donde les sirvieron un desayuno a la inglesa: no comprendía por qué debía comer la fruta antes que el jamón y los huevos. El otro, dándole siempre una palmadita en el hombro, le indicaba lo que debía hacer, sin articular siquiera un sonido, sonriendo inexpresivamente de cuando en cuando. Después del desayuno la condujo a los excusados: ella no sabía que en Japón el retrete era común para hombres y mujeres. Aterrada, le hizo señas de que saliera, el otro no comprendió y comenzó a orinar. Volvieron a tomar el tren; él le compró una ración de alimentos empacada en una cajita de madera de pino, una botella de café y le puso en las manos los dos palillos para que comiera. Por la noche bajaron del tren, y él la hizo sentarse en una ricksha: la sangre se le subió a las mejillas por esa sensación casi insoportable de desagrado que experimenta todo europeo al subir por primera vez en una ricksha… pero ya para entonces carecía de voluntad propia. Atravesaron la ciudad de calles estrechas, siguieron después por callejones y senderos bordeados de cedros, al lado de cabañas escondidas entre el verdor del follaje y las flores; la ricksha los condujo, siguiendo la pendiente de una montaña, hacia el mar. Sobre una roca que caía a pico, en una pequeña explanada sobre el mar, en la bahía, bajo la fronda de los árboles, había una cabaña; se detuvieron frente a ella. De la cabaña salieron un anciano y una anciana, varios niños y una mujer joven, todos vestidos con kimonos, que le hicieron profundas reverencias sin tenderle la mano. No le permitieron entrar de inmediato; el hermano del novio le señaló los pies: ella no comprendía. Entonces la hizo sentarse, casi a la fuerza, y le quitó los zapatos. En el umbral de la casa las mujeres se arrodillaron rogándole que entrara. Toda la casa parecía un juguete: en la última habitación una ventana se abría sobre el amplio mar, el cielo, las rocas: aquel lado de la casa estaba situada sobre el abismo. En el suelo de la habitación había muchos platos y recipientes, y al lado de cada recipiente había un almohadón. Todos, ella también, se sentaron sobre esos almohadones, en el suelo, para cenar. …Al día siguiente se presentó Tagaki-san, el prometido. Entró en kimono, y ella por un instante no reconoció a aquel hombre que se inclinó en una profundísima ceremonia primero ante el padre y el hermano, luego ante la madre y, finalmente, ante ella. Sofía Vasilievna habría querido arrojarse en sus brazos, pero él retuvo por un minuto sus manos y, con aire de profunda cavilación, le besó una de ellas. Llegó por la mañana. Le hizo saber que había estado en Tokio, que lo habían licenciado del ejército y, como castigo, exiliado durante dos años, concediéndole pasar el tiempo del exilio en su pueblo, en casa de su padre: de aquella casa y de aquel peñasco no debería alejarse durante dos años. Ella estaba feliz. Él le había llevado de Tokio muchos kimonos. Ese mismo día fueron a registrar su matrimonio en la oficina correspondiente; ella en kimono azul, con los cabellos rubios peinados a la japonesa, el obi (cinturón) que le dificultaba la respiración, oprimiéndole dolorosamente el pecho, y los coturnos de madera que le oprimían un callo entre los dedos de un pie. Dejó de ser Sofía Vasilievna Gniedij para convertirse en Tagaki-no-okusan. Y la única cosa con la que pudo pagarle al marido, al amado marido, no fue con gratitud, sino con auténtica pasión, cuando por la noche, en el suelo, envuelta en un kimono de noche, se le entregó y en las pausas de la ternura, el dolor y el deseo, oían el estallido de las olas bajo ellos.

IV
En otoño se marcharon todos, dejando solos a los jóvenes esposos. De Tokio les enviaron cajas con libros rusos, ingleses y japoneses. En su confusión, ella no cuenta casi nada sobre cómo pasaba el tiempo. Es fácil imaginar cómo soplaban los vientos del océano en otoño, el estruendo de las olas al golpear los peñascos, el frío y la soledad ante la estufa doméstica cuando se sentaban solos durante horas, días, semanas. Pronto ella aprendió a saludar: o-yasumi-nasai, a despedirse: sayonara, a dar las gracias: do-ita-sima-site, a pedir que tuvieran la amabilidad de esperar mientras iba a llamar a su marido: chotomato-kudasai… En su tiempo libre aprendió que el arroz, igual que el trigo, podían cocinarse de las maneras más diversas, y que así como los europeos no saben preparar el arroz, los japoneses no sabían hacer el pan. A través de los libros que el marido había recibido, aprendió que Pushkin comenzaba precisamente donde terminaba el programa escolar, que Pushkin no era algo muerto como un mamut sino algo que vive y que vivirá siempre; por su marido y por los libros se enteró de que la literatura más grande y el pensamiento más profundo eran los rusos. Su tiempo transcurría con la severa regularidad de la vida en el campo; con ciertas asperezas. Por la mañana el marido se sentaba en el suelo con sus libros; ella cocinaba el arroz y los demás platos; bebían té, comían ciruelas en salmuera y arroz sin sal. El marido no era exigente: habría podido vivir meses enteros sólo de arroz, pero ella preparaba también algunos platos de la cocina rusa; iba por la mañana a la ciudad a hacer las compras y se asombraba de que los japoneses no vendieran los pollos enteros sino en piezas, podía comprar separadamente las alas, la pechuga, los muslos. En el crepúsculo, iban a pasear por la orilla del mar, o por las montañas hasta un pequeño templo; ella se acostumbró a caminar con los coturnos, a saludar a los vecinos a la manera japonesa, haciendo reverencias profundas con las manos en las rodillas. Por la noche leían. Muchas noches las dedicaban a hacer el amor: el marido era apasionado y refinado en la pasión, por la larga cultura de sus antepasados, distinta a la europea; el primer día del matrimonio, la madre de él, sin decirle una palabra —ya que no tenían ningún medio común de expresión— le regaló unos cuadritos eróticos en seda, que ilustraban ampliamente el amor sexual. Ella amaba, respetaba y temía a su marido; lo respetaba porque era fuerte, noble y taciturno, y lo sabía todo; lo amaba y lo temía porque cuando ardía de pasión lograba subyugarla por completo. Había días en que su marido se comportaba de modo sombrío, cortés, esquivo, y, a pesar de su noble conducta, la trataba con severidad. A fin de cuentas era muy poco lo que sabía de él, nada de su familia: su suegro poseía en alguna parte una fábrica, algo relacionado con la seda. A veces llegaban a visitar a su marido algunos amigos de Tokio o de Kioto; en esas ocasiones él le pedía que se vistiera a la europea y que recibiera a los huéspedes a la manera europea; es decir, bebían el sake, el aguardiente japonés, junto con las visitas; después del segundo vaso sus ojos se inyectaban de sangre, hablaban sin cesar, y luego, ebrios, cantaban algunas canciones y se iban a la ciudad poco antes del amanecer. Vivían en medio de una gran soledad, el frío de invierno sin nieve se transformaba en el sopor del verano, el mar se encrespaba durante las tormentas, pero era sereno y azul a la hora del reflujo; las diarias jornadas de ella no se parecían siquiera a las cuentas de un rosario, porque éstas pueden ser contadas y recontadas, como suelen hacer los monjes europeos y los budistas, mientras que ella no podía contar sus días. Aquí puede terminar el cuento sobre cómo se escriben los cuentos. Pasó un año, otro, otro más. Se cumplió el término del exilio, sin embargo se quedaron a vivir allí todavía otro año. Más tarde comenzó a llegar a su ermita mucha gente, que saludaba con profundas reverencias tanto a ella como a su marido; lo fotografiaban ante su biblioteca con ella al lado; le preguntaban sobre sus impresiones del Japón. Le pareció que toda aquella gente caía sobre ellos como guisantes salidos de un costal. Supo entonces que su marido había publicado una novela con enorme éxito. Le hicieron ver las revistas donde estaban fotografiados los dos: en casa, cerca de casa, durante un paseo hacia el templo, durante un paseo a la orilla del mar, él en kimono japonés, ella vestida a la europea. Ya para entonces hablaba un poco de japonés. Muy pronto aprendió a desempeñar el papel de esposa de un escritor célebre, sin advertir el cambio que tiene lugar de manera misteriosa, ese cambio que consiste en no tener ya miedo de los extraños, sino en considerarlos como gente dispuesta a rendirle alguna cortesía. Pero no conocía la célebre novela de su marido ni el argumento. A menudo le hacía preguntas a su marido quien respondía a su pregunta con un silencio convencional; tal vez porque en realidad el asunto no le interesaba demasiado ella dejó de insitir. Pasó el rosario de jaspe de sus días. Unos jóvenes cocineros preparaban ahora el arroz, y a la ciudad ella iba en automóvil, dándole órdenes en japonés al chofer. Cuando su suegro se presentaba, le hacía una reverencia más respetuosa que la que ella hacía para saludarlo. No cabe duda de que Sofía Vasilievna habría sido la mujer perfecta del escritor Tagaki, igual que la mujer de Heinrich Heine, que acostumbraba preguntarle a los amigos de su marido: "Me han dicho que Heinrich ha escrito algo nuevo, ¿es cierto?…" Pero Sofia Vasilievna acabó por enterarse del contenido de la novela. Había llegado a casa el corresponsal de un periódico de la capital, quien hablaba ruso. Llegó cuando el marido estaba ausente. Fueron a pasear hasta el mar. Y junto al mar, después de conversar sobre algunas trivialidades, ella le preguntó cómo se explicaba el éxito de la novela de su marido, y qué era lo que consideraba fundamental en ella.

V
…Y esto es todo. Cuando en la ciudad de K. encontré en el archivo consular la autobiografía de Sofía Gniedij-Tagaki, compré al día siguiente la novela de su marido. Mi amigo Takahashi me refirió el contenido. Conservo todavía este libro en mi casa, en la calle Povarskaia. El cuarto capítulo de este cuento no lo escribí dejándome llevar por la imaginación, sino siguiendo casi punto por punto lo que me tradujo mi amigo Takahashi-san. El escritor Tagaki, durante todo el tiempo que duró su exilio, había escrito sus observaciones sobre la esposa, esa rusa que no sabía que la grandeza de Rusia comenzaba precisamente después de los programas escolares, y que la grandeza de la cultura rusa consistía en saber meditar. La moral japonesa no tiene el pudor del cuerpo desnudo, de las funciones naturales del hombre, del acto sexual: la novela de Tagaki-san había sido escrita con minuciosidad clínica… y con meditaciones al estilo ruso. Tagaki-san meditaba sobre el tiempo, sobre los pensamientos y sobre el cuerpo de su mujer… Cuando a la orilla del mar, el corresponsal del periódico de la capital discurría con Tagaki-no-okusan, la mujer del célebre escritor, puso ante ella no un espejo sino la filosofía de los espejos, ella se vio a sí misma vivir entre las páginas de papel; no era tan importante el hecho de que en la novela se describiera con detalles clínicos cómo temblaba ella en los momentos de pasión y el desorden de sus vísceras; no, lo terrible, lo terrible para ella era otra cosa. Comprendió todo, allí comenzaba lo horrible; eso era un traición excesivamente cruel a todo lo que ella alentaba. Fue entonces cuando pidió, por medio del consulado, ser repatriada a Vladivostok. He leído y releído con la mayor atención su autobiografía: que toda su vida había sido material de observación, que el marido la había estado espiando cada momento de su vida… estaba escrita siempre con la misma sensibilidad, con monotonía, sin efectos; las partes de la autobiografía de esta mujercita insignificante donde —a saber por qué— se describían la infancia, la escuela y la vida de Vladivostok y también las jornadas japonesas, estaban escritas con la misma insipidez con que se escriben las cartas de amigas de sexto año de la escuela municipal, o del segundo curso de los institutos para muchachas nobles, según las reglas de composición escolar; pero en la última parte (en la que arrojaba alguna luz sobre su vida conyugal) esta mujer había sabido encontrar palabras verdaderas y grandes de simplicidad y claridad, como supo encontrar la fuerza para actuar simple y claramente. Abandonó la condición de mujer de un escritor célebre, el amor y las costumbres adquiridas y volvió a Vladivostok a las habitaciones desnudas de las profesoras de escuela elemental.

VI
Eso es todo.
Ella:
vivió su autobiografía hasta el fondo; yo escribí su biografía, escribiendo que pasar a través de la muerte es bastante más cruel que matar a un hombre.
Él:
escribió una novela hermosísima. Que sean los otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar: sobre todas las cosas, y, también, en particular, sobre cómo se deben escribir los cuentos. La zorra es el dios de la astucia y de la traición: si el espíritu de la zorra penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. ¡La zorra es el dios de los escritores!

Uzkoie, 5 de noviembre de 1926

 

BORIS PILNIAK

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EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 25, 2009 por dewmarch

Texto de ayer para mi taller:

EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ

       Tengo frío- dijo mi abuelo. Y yo le eché encima el sarape de flores que tejió mi tía Amelia.

Horas después mi mamá fue a despertarlo para que cenara. Después de algunos zarandeos descubrió que había muerto.

 

Por supuesto que yo no me enteré inmediatamente de ello. A mis once años mi mamá pensaba que yo era muy chica para lidiar con la muerte. Decidió inventar una mentira, igual que hizo cuando ella y papá se separaron y nosotras nos fuimos a vivir con los abuelos. Entonces inventó que mi papá se había ido a trabajar al otro lado y pocas semanas después me lo encontré paseando en el mercado con una güera.  Nunca le confesé a mi madre que papá no me había saludado, simplemente le dije que lo vi y ella confesó que él se había ido con esa mujer.

 

El día del abuelo yo pensé que algo andaba mal. Después de intentar despertarlo mamá pegó un grito y nos encerró a Ana y a mí en el cuarto. Por la noche, nos mandaron a dormir a casa de Doña Chuy. Al otro día, cuando pregunté por el abuelo mi mamá dijo que había ido a visitar a mi tía Lucha, lo cual era muy raro porque el abuelo nunca hacía viajes largos sin la abuela y porque, siendo víspera de navidad, lo natural era que mi tía Lucha viniera a visitar a los abuelos y no al revés. Imaginé que lo mi madre ocultaba era que el abuelo estaba enfermo y no hice más preguntas.

 

La casa de los abuelos se llenó de gente: familia, amigos, vecinos. Hasta la tía Lucha llegó con notable anticipación a su tradicional visita decembrina. Pasó más de un mes para que mi mamá confesara la muerte del abuelo. Recuerdo que no lloré, quería demostrarle que ya era una niña grande y podía entender las cosas para que no volviera a mentirme, pero por dentro mi mundo se desmoronó.

 

Mi abuelo era mi persona favorita. ¡Lo quería tanto! Por las mañanas era él quien desayunaba con nosotras y nos llevaba a la escuela. Y por la tarde nos traía de vuelta a la casa. Comíamos y nos ayudaba a hacer la tarea. Luego veíamos juntos la televisión. Aunque por la noche las noticias eran obligadas, por las tardes mi abuelo privilegiaba las caricaturas para darle gusto a “sus pequeñas”. Siempre supe que yo era su favorita.

 

Fue mi abuelo quien me explicó lo que pasó con papá y mamá. Fue mi abuelo a quien le conté que me gustaba Jesús, el hijo de Doña Cata, quien un día en el recreo me había besado la mejilla. Fue mi abuelo quien consoló mi rodilla raspada aquel día que caí del columpio y luego le dijo a mamá que había caído camino a la casa para que no nos regañara por las visitas furtivas al parque al salir de la escuela. Fue mi abuelo quien nos compraba conos de nieve al salir de misa los domingos. Fue mi abuelo quien me creyó que yo no había robado el dinero que perdió mi tío Emilio el día de su cumpleaños. Y podría seguir hasta cansarme la lista de cosas que hacía mi abuelo y que temí que nadie más haría entonces por mí.

 

Cuando estaba en la secundaria, organicé una visita de reconocimiento al panteón. Entonces supe, por fin, dónde estaba enterrado el abuelo. Su tumba lucía descuidada, como tantas, pero Jesús me ayudó a limpiarla y luego fuimos a comprarle flores. Ese día Jesús me pidió que yo fuera su novia y me dio mi primer beso al llevarme a la casa. Aún y cuando mi abuelo ya no estaba conmigo, se las arregló para formar parte de ese recuerdo. Era él, sin lugar a dudas, al primero al que se lo habría contado, incluso antes que a Ana, “todavía es muy pequeña para saber de esas cosas”, me dije a mí misma con aires de grandeza cuando resolví que no se lo diría a nadie.

 

Yo no conocía la muerte antes de la muerte de mi abuelo. Yo no sabía lo que era extrañar a alguien tanto, que a veces te duele el estómago. Yo no sabía lo que hacía la gente al mirar al cielo murmurando y después me encontré a mí misma contándole historias al abuelo mientras veía la luna. Tiempo después murió la abuela, pero no me dolió tanto su muerte. La vida sigue, me he dado cuenta. Ahora, Ana y yo somos señoritas y hemos aprendido a cuidar la una de la otra. Hay, sin embargo, cosas de las que no podemos protegernos.

 

Hace un par de horas me enteré de que mi padre ha muerto. Me llamó su esposa, esa mujer rubia con quien lo vi caminando aquel día afuera del mercado. Quiere que Ana y yo vayamos al sepelio y que conozcamos a nuestro medio hermano. Ana quiere ir, pero yo no quiero acompañarla. Sólo sé que aquel día cuando cubrí al abuelo con el sarape de flores que tejió mi tía Amelia, murió el hombre más importante de mi vida. Sólo sé que aquel frío día de otoño murió el único padre que jamás he tenido.

Comentarios:

Ayer por la lectura encontré algunos errores: una palabra que se repetía, un qué que faltaba y un par de comas que me pareció al leer que no eran necesarias. La palabra de más la borré, el qué faltante no me hizo falta ahorita que volví a leer, pero sé que eventualmente encontraré el error (porque ahí está) y las comas ni modo, ahí siguen. No traigo la impresión donde tomé notas y no sé dónde hacer esas correcciones. Ah y ahorita quité un que que me pareció que sobraba. Por lo demás, es el mismo texto que llevé ayer.

La pregunta obligada a mi texto vino de parte de Jesús “¿es una historia real?”. Yo pensé que la haría Socorro, pero no fue. Como ya se dieron cuenta que escribo muchas cosas personales, asumieron que esta también lo era… pero sólo es una historia fruto de mi imaginación. Karlo dijo que le había gustado. Raziel (con c o con z???? tengo la impresión de que lo dijo la otra vez, pero no recuerdo) dijo que le había gustado, que tenía buen ritmo y que conocía chicas a quienes les dolía mucho la muerte del abuelo. Lulú, mi vecinita, que ahora se sentó enfrete de mí (o más bien, yo me senté enfrente de ella) preguntó por el título. En realidad batallé para elegirlo. El archivo aún se titula: Sin título. Y como no creo que sea un cuento, no podía titularlo Cuento Tres (o en qué número voy?). Pero al final me gustó el nombre que elegí para mi texto. Le expliqué a Lulú, Claudia dijo que quedaba claro.

Jesús dijo que era buena para crear la atomósfera “sentimental” (traducción mía, por supuesto) como en este caso, que se sentía añoranza por el abuelo, que tenía buenas imágenes, que mi narrativa es buena.. peeeeeeeeeeero, jaja… en realidad, este pero no me preocupa tanto, considerando que estoy empezando. El pero es que mi historia daba para más. Que delineé muy bien los personajes, pero como que dio la impresión que algo faltaba. Por ejemplo, las chicas que crecen sabiendo de la infidelidad del padre desarrollan una desconfianza hacia los hombres (palabras de Jesús, nuestro instructor), y en la historia no se ve eso con Jesús (el personaje). No era mi intención contar la historia de un trauma. Más bien lo que quería era contar como una persona importante para nosotros puede adherirse a un recuerdo del que ni siquiera forma parte. Ella piensa en su abuelo cuando recuerda su primer beso, porque ese día lo fue a visitar al panteón, porque ese día se quedó con ganas de contarle lo que le había pasado. Y la frase de “hay cosas de las que no podemos protegernos” permitía explotar más. Supongo que pudo haber sido y desatar a partir de esa frase una historia de desamor. Pero mi personaje es muy peque todavía, no tiene porque estar dolida de amor tan pronto y repito que no fue mi intención, aunque reconozco la posibilidad. Jesús dijo que hay que tener muy clara nuestra intención al escribir un texto, y sé que en mis otros textos la tenía clara, y en este no tanto… bueno… es que creo que mis intenciones siempre van al corazón, no a la cabeza. En otros textos he intentado despertar sensaciones, emociones, sentimientos, no soy tan racional para escribir. No sé por qué escogí esa historia, qué pretendía al contarla, que no fuera despertar esa sensación de añoranza por algún ser querido que se fue.  Pero de la historia en sí no…

Ah! Raziel dijo que el último enunciado estaba de más. Jesús fue más allá y dijo que los dos últimos enunciados estaban de más. Pero eso me despierta dudas existenciales, jajaja… O sea… está de más… y entonces se quitan y ¿eso hace mejor el texto? no creo… Tengo que preguntar eso bien, con ejemplos concretos. Ya tengo tres: dos de textos míos y uno de un texto de Karen. Porque entonces, necesito aprender técnicas de “finalización” jaja… O sea queda claro, pero… por qué no puede decirse, jajaja…

Raziel llamó la atención sobre la repetición del “sólo sé que…” del último párrafo. Yo uso mucho esa figura literaria, pero Jesús me aconsejó que al usarla repita las frases más de dos veces, para que no parezca entonces un error. Lo tomaré en cuenta.

Creo que en general fueron los comentarios. Se abre esta entrada para recibir otros, si quien me lee me hace el favor.

Gracias, saludos!

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NO ES LA MISMA HISTORIA (Comentarios)

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 11, 2009 por dewmarch

Nuevamente mi texto les gustó en general. La primera en comentar fue una chica de pelo muy corto, de quien desconozco su nombre. Fue, de hecho, ayer a la oficina, pero no sé ni a qué. Dijo que le había gustado el texto y la historia. Luego comentó Javier que le había gustado pero se le había hecho muy plano. Amado lo secundó más tarde… no recuerdo si también habló de tedio. La chica nueva dijo que tal vez era cuestión de la puntuación. Jesús dijo que no.
 
Luego, Jesús dijo que le había gustado mucho la historia de Luis, que era la mejor lograda. Que Lola y Linda no le habían parecido creíbles, sobre todo Linda. La chica nueva (a quién le pregunté su nombre, pero luego lo olvidé) dijo que mi redacción era muy clara. Karen siempre dice eso de mí, jajaja.
 
El chico no tan nuevo, creo que se llama Miguel, a quien por cierto, le pasó algo muy raro mientras leía, dijo que el título le parecía una contradicción, que si era la misma historia (yo le entendí como que ya una historia muy contada). El título va por otro lado, por como una misma historia puede ser contada de diversas maneras, según quien lo cuente. Jesús dijo que le agradaba el título, pero también lo entendió como el chico no tan nuevo.
 
De pronto comenzó toda una discusión de los personajes, muy chistosa me pareció, como si en verdad fueran personas. Eso permitió otra ronda de comentarios. Jesús dijo como que mis personajes no eran tan fuertes, o algo así le entendí yo. A todos les gustó el personaje de Pamela, dijeron que era muy fuerte; sugirieron darle más cuerda, pero Jesús dijo que entonces perdería su fuerza. Pamela me gusta también… me parece muy real… igual y luego escribo de ella, sin que sea la misma de esta historia, me refiero escribir de un personaje con las mismas características, le dejaría el mismo nombre.
 
Jesús dijo que este texto valía la pena tenerlo guardado y regresar a él para limpiarlo. Me recomendó alejarme de él unas semanas y luego retomarlo. Amado dijo que algunas cosas le parecieron de más. Luego Jesús insistió con la parte de Luis y que le gustó mucho. Y Linda sumamente no-creíble. Yo argumenté que tanto Linda como Lola están ligeramente (o muchamente) basadas en personas reales. Jesús dijo algo que me sonó muy contundente: lo que escribo debe ser creíble en el texto, no en la realidad. Eso me dejó pensando. Nunca intenté hacer a Linda creíble, sino como él la describió, tan ilusionada que colma, jajaja. ¿Debo entonces primero procurar la credibilidad de mis personajes? Es una duda, espero preguntarle la próxima semana. Y luego pienso en Linda. Yo conozco a una. Supongo que por eso asumí que era creíble, pero en realidad es la única Linda que conozco! Y sí, su "ilusividad" me resulta extrema e increíble. Empiezo a creer que debo "credibilizar" más a Linda.
Lola le pareció más creíble. Conozco a una Lola, pero sé que hay muchas más, aunque no sean ellas las que directamente me hayan contado sus Lolezcas historias. Asumo que si muchas mujeres casadas de más de 40 años leyeran mi texto, se identificarían. Tal vez las casadas de 30 o menos no… probablemente esa sea la parte que Jesús no piensa creíble.
Luis, en cambio, totalmente le gustó. Fue la parte que menos trabajo me costó escribir, por cierto… Creo que cuando lo escribí tenía un Luis interno, jajaja… medio se calmó hace una semana, por cierto. Jesús dijo que debo seguir apostando por esta clase de textos.
 
Jesús comentó en algún punto que era notable la ausencia de faltas de ortografía. Yo lo corregí, había dos que yo noté.  Y un error de dedo. Los tres aparecen corregidos aquí en el blog. La chica nueva, que fue quien me leyó, dijo que había más… lo dudo. Ella leyó mal, se trababa con algunas palabras, inventaba otras, supongo que asume que son errores míos, pero yo no escribí esas cosas que ella leyó. En un momento Lourdes la corrigió incluso. No soy perfecta, pero en buena onda, la reto y a cualquiera que me lea, a que encuentre otro error de ortografía en el texto.
 
Lourdes me defiende mucho. ¡Ay vecinita! Sospecho que le caigo muy muy bien, pero no soy tan buena escritora como ella cree. Simplemente me la gané (de a grapa) y pues… que quieren! Bien puesta la playera ella conmigo!
 
Por cierto, la chica nueva dijo que lo más simple es lo más elegante. Qué bueno que así lo piense. Jijiji, soy tan parca para escribir!
 
Pues espero que sea todo, que no se me haya escapado nada. Los comentarios traté de seguir el hilo como se dieron, pero al final sé que no lo logré. Lo que pasa es que al discutir la situación de los personajes se extendieron mucho y eso complicó mi memoria, jajaja. Por cierto, a todos les gustó el final.
 
Comentario chistocito: Jesús me confiere virtudes que creo que en realidad no tengo. Por ejemplo, la elección de los nombres, todos con L… no recuerdo que hubiese sido intencional. Lo noté y no quise cambiarlo. O no sé si fue Karen quien lo notó primero. Pero a él le pareció una idea grandiosa. Y luego dijo que además cuidadosamente elegidos Lola-Dolores, la mujer casada que se queja (ay! no fue mi intención hacerla notar quejumbrosa!), Linda la bonita toda ilusionada y Luis… bueno Luis… dijo que podría haberlo llamado Luciano, como Lucifer, jajaja… Jamás fue mi intención eso… fue chiripa que salieran así…  O a la mejor la malicia literaria se me subleva y toma decisiones a través de mi subconsciente, jajaja.
Otro detalle que se le hizo como "muy genial"… El enunciado final: la segunda vez que Luis está a punto de chocar… Luis, atrapado entre dos mujeres, dos choques… o sea… pues… jamás tampoco lo dije por eso, jajaja… Jesús es un iluso de mi literatura… es como Lindo de mis escritos, jajaja asume muchas bondades que no necesariamente tienen, jajaja… pero voy a empezar a pensar eso de mi malicia sublevada… es más bonito, jajaja.
 
 
 
Comentario aparte. Leímos después a Amado. Su historia consistía en la mujer de un trabajador de una fábrica que tenía SIDA. El asunto es tratado por los trabajadores y jefes de la empresa con verdadero interés. Se enteran ellos antes que ella, antes que él, porque el doctor se los dice primero a ellos. Me pareció un error literario de Amado, creíble en un país como México. Y nada! Que no es ficción, Amado escribió basado en un hecho real. Y yo casi me quería ir para atrás y sentía que se me caían los calzones… No mames! O sea… un doctor reporta una enfermedad (cualquiera que esta sea, pero sobre todo el SIDA lleva grandes connotaciones) a la empresa que lo contrató antes que a la paciente misma!!! OMG!!! Sólo pasa en México eso… que lo informen primero a los familiares (como pasa aquí, incluso dejándoles a ellos la decisión de revelar la enfermedad al enfermo) me parece ya gravísimo, pero a terceros!!!!! O sea… el colmo… Además, Amado lo veía bien, eso me dio escozor, pero bueno… somos distintas personas y yo veo mucha serie de médicos gringa y allá si hay verdadera secrecía con el paciente y seguramente estoy influenciada. Por cierto, creo que Amado se lo tomó mal, muy mal, porque además, no fui a la única que le brotó el detalle. En verdad lucía molesto. La forma de escribirlo se me hizo bien, aunque Jesús le hizo notar sus errores. Pero él… no sé, se lo tomó muy a pecho. No lo imaginé así. Pero güeno… ya tengo sueño, ya me quiero ir a dormir… feisbukearé levemente y me dormiré… todavía, por cierto, no me pongo crema en la cara.

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NO ES LA MISMA HISTORIA

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 11, 2009 por dewmarch

Lola se tira en la cama después de un día especialmente largo. Ha acostado ya a los niños y sabe que Luis no llegará antes de las once. Se levanta; se acerca al tocador y se mira al espejo. Siente que ha pasado tanto tiempo y los recuerdos la asaltan.

 

Lola y Luis se casaron hace trece años. Lola tenía veintiún años y Luis había sido su único novio, “el amor de su vida”. Pero, a pesar de las muchas ilusiones que tenía, su luna de miel duró estrictamente los cinco días que vacacionaron en la playa.

 

Lola piensa en el día anterior, la reunión semanal con sus amigas, cuando les confesó que había tomado una decisión: va a divorciarse. No, no es que Luis tenga una amante, eso la tiene sin cuidado. Es que se siente sola, se siente acorralada. Es que ya no lo ama y en su cuento de hadas no han sido felices para siempre.

 

Luis la manipuló desde un principio para reducirla, desdibujarla. Lo hizo de recién casados con el trabajo de Lola en la clínica de su padre: no era necesario, él podría mantenerla; lo volvió a hacer meses después de la boda con sus estudios universitarios, con el pretexto del primer embarazo de Lola, a pesar que le faltaba sólo un semestre para terminar la carrera. Una vez que Luisito hubo nacido y Lola quiso regresar a la escuela, dejar el niño al cuidado de nanas o incluso de la abuela era algo impensable. Después de Luis llegaron Ximena y Miguel. Lejos de ser la brillante profesionista que siempre había pensado, Lola quedó atrapada de lleno en el mundo doméstico.

– Pero Lola, ¿no te diste cuenta de que con sus chantajes te controlaba? -preguntó Alicia.

– No, era tan cariñoso cuando lo decía. Me llamaba amor, mi vida. Me decía que siempre había soñado con hijos suyos y míos y que quería lo mejor para ellos. Nadie podría hacerlo mejor que yo.

Cuando los niños fueron lo suficientemente grandes, Lola intentó nuevamente retomar su carrera. Para entonces el “amor” y el “mi vida” habían desaparecido del vocabulario de su marido. Lo único que necesitó Luis para desalentarla fue burlarse de ella: “a tu edad Lola, déjate ya de payasadas, para llevar a los niños al escuela y hacer de comer no necesitas un título universitario. Además, te verías ridícula junto a las jovencitas”.

 

Con la familia política la estrategia de Luis había sido la misma: escindir a Lola. Ese alejamiento que Alicia, Sandra y Pamela nunca habían entendido, Lola lo explicaba: Luis argumentaba que ellos lo veían menos, que le metían ideas en la cabeza, que los niños sufrían al ver que no podían tener las mismas cosas que sus primos. La había acosado de tal forma que Lola veía a su familia sólo una o dos veces al año.

 

Lola había llorado entonces, al platicar con sus amigas, y lloraba ahora. Se repetía a sí misma que debía concentrarse en los malos momentos para no flaquear en su decisión. Retomó el recuerdo justo donde lo dejó. Ahora le contaba a sus amigas que Luis se había vuelto cínico con el asunto de su amante; a pesar de que ella había intentado ignorar el suceso asumiendo que sería una aventura más, él estaba haciendo cosas que nunca antes: llegaba tarde todos los días con el olor evidente de otra; de vez en cuando faltaba a dormir a la casa. Había dejado de esconder las notas de las flores o los souvenirs de los moteles, mientras que anteriormente ella hurgaba minuciosamente para encontrarlos. Lucía chupetones con franco orgullo. Lola sentía que más que tener una amante, se estaba burlando de ella.

 

Sandra y Alicia, ambas casadas, alabaron la decisión de su amiga. Les fue fácil identificarse con la soledad que sentía Lola. Cuando ella les habló de sus planes de terminar por fin su carrera, conseguir un trabajo y quizás hasta una nueva pareja, ellas le echaron porras. Le recordaron que en la universidad ella siempre se había distinguido por su capacidad y que era una mujer joven y guapa todavía. Extrañamente, Pamela no hizo lo mismo. ¿Por qué justamente Pamela no la apoyaba? La soltera del grupo, con ideas de avanzada, quien nunca permitiría que un hombre la sobajara. Pamela le recomendó seguir aguantando, hacer oídos sordos.

– ¡Pamela! Pero, ¿cómo puedes decir eso? -dijeron todas casi al unísono.

Pamela no tuvo ningún empacho al explicarse.

– Lola, tú apenas quieres regresar al escuela, el mercado laboral es una jungla. Jóvenes de veintitantos años que no sólo tienen su carrera terminada, sino maestrías y doctorados, hablan dos o tres idiomas. Los jefes piden favores sexuales y pruebas de embarazo. Si yo estoy donde estoy, es porque estoy sola. Y además quieres encontrar un nuevo amor, ¡qué ilusa! 

Ciertamente a Pamela jamás le faltaba un hombre para sexo desenfrenado en un motel, o incluso para que la acompañara a reuniones sociales. Pero al final del día, en la cama de su casa dormía siempre sola. Tan increíble como pudiera parecerles, Pamela había confesado ahí mismo, con los ojos también mojados, que envidiaba su vida de mujeres casadas.

 

El ruido en uno de los cuartos regresó a Lola a la realidad. Era Ximena, que daba vueltas en la cama. Lola sabía que había llegado el punto en que la tensión familiar empezaba a hacer estragos en sus hijos. Mientras abría la puerta de la recámara y miraba a su hija a contraluz, Lola oyó ruido en la puerta. Al parecer, Luis había llegado por fin a la casa.

 

 

Luis sale del despacho para dirigirse al estacionamiento. Es la primera vez después de mucho tiempo, que a esas horas de la noche está de hecho en la oficina, si bien, no estaba trabajando. Los dos hallazgos del día lo tienen preocupado y les dio muchas vueltas antes de retirarse.

 

Ya en el carro, comienza de nuevo la diatriba. Lola, Lola, ¿qué diablos tiene qué hacer imprimiendo su currículum? ¿Acaso piensa regresar a trabajar? ¡Está loca! Sabe que él nunca ha estado de acuerdo con eso. Aunque francamente duda que pueda encontrar trabajo por sí sola: Lola no terminó la escuela y el único empleo que ha tenido ha sido ayudando a su papá con la contabilidad de su clínica. Pero siempre está la familia, y precisamente la familia de Lola es de mucho abolengo, podrían ayudarle. Y además está Pamela. Esa amiguita de Lola le revienta el hígado porque sólo le mete ideas en la cabeza. ¿Acaso Lola no se da cuenta de que es simplemente una puta con tacones de marca? Un par de acostones de Pamela seguro le conseguirán a Lola trabajo. Y de los buenos. “Si Pamelita no tuviera tantos escrúpulos, ya me la hubiera cogido yo también”, se dice a sí mismo mientras se pasa una luz roja. Luego se da cuenta que no es momento de pensar en ese par de tetas mientras va manejando.

 

Regresa a Lola. Sabe que se le está subiendo a las barbas. Ha estado visitando a sus hermanas sin su consentimiento. Y otra vez el cafecito semanal con sus amigas; si ya había conseguido limitar las salidas a una cada dos meses, ¿por qué de pronto vuelve a salir cada semana? Y con la Pamela incluida seguro han de terminar de putas en algún bar. Aunque hace años que no tiene sexo con Lola le repatea la idea de imaginarla siquiera hablando con otro hombre. ¿Y si salen a bailar? “Carajo” no vio ese tope. Si no viera a Linda tan seguido, bien podría traer a Lola con la rienda más ajustada.

 

Mientras sigue manejando piensa ahora en Linda. Esa niña lo enloquece. Hacía mucho tiempo que no se sentía así por una mujer. Desde Lola tal vez. Si, ha tenido aventuras, pero noviar, lo que se dice noviar, hace tanto tiempo que no lo hacía. Si bien Linda no era virgen, como Lola, le costó trabajo acostarse con ella y pudo notar su inexperiencia. Sexo furtivo con el ex-novio tal vez un par de veces, pero no es una ramera. Y además, ha podido moldearla a su manera. Primero, hacerlo sin condón; convencerla de tomar la pastilla lo más complicado. Luego, algunas guarradas con las que Lola nunca estuvo de acuerdo, y otras que él nunca quiso intentar con ella, porque, después de todo, Lola es la madre de sus hijos. Le encanta Linda, le encantan sus piernas, le encantan sus nalgas; ¡esas nalgas! Y si el conductor de la camioneta no se alcanza a frenar, Luis seguramente se habría estrellado. “Pinches viejas” dice en voz alta, mientras la Lobo realiza una proclama popular con el claxon.

 

Luis se recompone y ahora cavila: ¿por qué la prueba de embarazo en la bolsa de Linda? ¡Qué carajo! Ella sabe que un hijo no está en sus planes. ¿Sería para una amiga? ¡No! ¿Y si Linda tiene también una Pamelita que se la lleve de juerga cuando no está con él? ¡Carajo! Pero siempre resulta bueno que tenga una amiga que pueda sugerirle un aborto en vez de que sea él quien lo haga. Linda pondría el grito en el cielo si lo hiciera. Y de momento, no se imagina cogiendo con otra que no sea ella. ¿Por qué de pronto las jovencitas se pusieron tan remilgosas con los hombres mayores? Ven una cana y sienten que están con el abuelo. ¡Si él podría cogerse a las tres secretarías de su piso en la misma noche! Especialmente a la Lupita, ¡cómo se ve que a esa mujer le hace falta un orgasmo! ¡Carajo! ¡Un bache! Pero ¡qué bache! “Pinche gobierno, ¿qué chingaos hace con nuestros impuestos?” se dice, mientras recuerda que tiene que ponerle un alto a Lola y asegurarse de que Linda no esté embarazada. Este asunto de las dos mujeres lo tiene mal, muy mal. ¡Y nunca trae un peso en la bolsa! Linda resultó señorita de gustos caros y quiere tenerla contenta. Ha faltado ya a los dos últimos juegos de póquer con sus cuates del despacho y de pinche mandilón no lo bajan. Jajaja… ¡ya parece! ¡Lola prohibiéndole algo! Aún así, Lola lo tiene hasta la madre. ¿Por qué diablos se salta las trancas? Luis tiene que tomar una decisión, mientras las piernas de una y la estabilidad de la otra le forman marañas en el cerebro.

 

 

 

Linda se recuesta en el sofá mientras se toma un café. Espera a Luis desde las nueve y ya casi son las once de la noche. Luis nunca llega tarde, algo grave debe haber pasado. Espera que todo esté bien, en especial sus hijos, ¡son su adoración! Quiere llamarlo, pero ahora le preocupa la hora. Si Luis está con su esposa y ella lo llama, él no se lo perdonará. Todavía recuerda aquella vez que lo llamó para que fuera por ella a la escuela, lo metió en un verdadero problema. Lola es una manipuladora y aquella ocasión amenazó con quitarle a los niños. ¡Luis los quiere tanto!, no podría vivir sin ellos. Si quería llamarlo debió haberlo hecho más temprano, ahora debe esperar.

 

Angustiada Linda se levanta y recorre la sala de uno a otro lado. Se pregunta si eso es lo que siente Lola cuando Luis está con ella. No puede evitar recordar el día que la conoció. Llegó a la oficina tan dama, ¡tan amable! Le sorprendió verla guapa. Siempre la imaginó como una gorda con tubos cuando Luis hablaba de ella. Y gritando, la imaginaba gritando. En cambio Lola era tan dulce, tan elegante y tan mujer. Se sintió intimidada y odia reconocerlo. Jamás le dijo a Luis que la había conocido.

 

Linda quiere tranquilizarse y decide que el café no la ayuda. Se dirige a la cocina para echarlo por el fregadero. Además, en su estado no debe tomarlo. No quiere que Luis la descubra y le llame la atención, ¡se pondrá tan contento! Luis siempre le ha dicho que le gustaría tener un hijo suyo, que ella es perfecta. Qué raro que haya insistido con las pastillas, pero ella estuvo de acuerdo en tomarlas porque un hijo no era lo mejor en ese momento. Mas olvidó tomarlas una semana completa y tuvo miedo que Luis la regañara, así que prefirió no decirle. Su primera impresión al conocer la noticia fue de miedo, es demasiado joven para tener un hijo, apenas acaba de terminar su carrera. Pero sabe que Luis nunca la dejaría y que su hijo es fruto del amor, de un amor muy grande. Bien merece la pena recomponer sus planes por un hijo de Luis. “¿Por qué no ha llegado?” se dice mientras sostiene la taza vacía entre sus manos.

 

Linda quiere relajarse. Intenta llamar a una de sus amigas pero se da cuenta de la hora. No quiere alarmar a nadie. Además, sabe que las ha descuidado, hace mucho tiempo que no sale con ellas, pero Luis consume gran parte de su tiempo y ella acaba de empezar a trabajar. Además, ¡Luis es tan bueno! La escucha, la consiente, la mima. Fue él quien sugirió rentar ese departamento para que pudieran pasar más tiempo a solas. Linda se siente tan feliz de prepararle el desayuno las contadas ocasiones que amanecen juntos.

 

Mientras Linda lava la taza recuerda el día que lo conoció. Le pareció tan guapo, tan apuesto. Ella iniciaba sus prácticas profesionales en el bufete de Luis. Cuando estaba con él se le aceleraba el pulso. Luis debió haberlo notado, porque pronto la invitó a salir. Linda se asustó primero, pues ya se había enterado por las secretarias de que Luis era un hombre casado, así que rechazó la invitación. Pero luego sucedió aquella presentación del libro de uno de los clientes de la firma. El señor Ruiz de Soto les había pedido a todos que asistieran. El evento era lejos de su casa y al no iniciar a tiempo su término se retrasó notablemente. A esa hora ya no había transporte público y Linda no tenía dinero suficiente para pagar el taxi. Entonces Luis se ofreció a llevarla a su casa. En ningún momento intentó propasarse; platicaron, él la dejó hablar, se mostró interesado por ella. Le dijo que le gustaba, pero no quería obligarla a nada que ella no quisiera. Ella se sintió halagada. Al llegar a la casa de asistencia donde ella vivía, Linda esperaba un beso, pero Luis fue todo un caballero.

 

Empezó a llevarla a la casa cuando el trabajo en el despacho se prolongaba. Ella se sentía cómoda y segura a su lado. Un buen día, por fin, él sugirió tomar un café antes de llevarla; ella aceptó sin dubitación. Al final de la velada llegó el ansiado beso. Y a partir de entonces no se separaron. Ella aprendió a conocerlo. Se enteró de que su matrimonio con Lola había sido arreglado por la familia de ella, pues se había embarazado cuando aún eran novios; Lola era de buena familia y Luis tenía que responderle. Además, él jamás habría desamparado a un hijo suyo, era sólo que la familia de Lola había amenazado con obstaculizar su incipiente carrera de abogado. Y Lola era una mujer comodina que jamás quiso superarse; dejó de estudiar, nunca más trabajó, evidentemente quería mucho tiempo libre para manipularlo. Linda sabía que cuando por fin, Luis y ella estuvieran juntos, ella no sería como Lola.

 

Linda siguió dando vueltas por la sala del departamento. Para calmarse llevó la mano a su vientre. Sabía que esa vida la llenaría de fuerza para superar cualquier prueba. Luis se pondría feliz al escuchar la noticia y entonces, le pediría el divorcio a Lola. Y no podría imaginar un padre mejor para su hijo. Empezó a imaginar un pequeño con los ojos de Luis. ¡Y con sus manos! Casi se sintió acariciar por las manos de Luis. Lo quería tan inteligente como él, tan sensible como él. Linda empezaba a relajarse, cuando de pronto escuchó pasos en el corredor del edificio. Suspiró con alivio al pensar que Luis al fin había llegado.

 

 

 

Luis detiene su vehículo después del enfrenón. Es la segunda vez que ha estado a punto de chocar esa noche. Sabe que no puede seguir así y ha tomado una decisión: hablará con ella. Con cierto aplomo enciende el radio y mucho más tranquilo, se dirige hacía allá.

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Ausencia (comentarios)

In Literatura Narrativa (Taller) on noviembre 4, 2009 por dewmarch

Bueno, les platico ahora los comentarios a mi texto de hoy (todavía hoy, que son las 11:37) porque si no los escribo ahorita es probable que se me olviden.
 
Creo que les gustó. Karen dijo que le gustó porque le pareció diferente, ella al menos lo vio diferente. Los demás lo vieron como pan con lo mismo, como un post común de mi blog, jajaja… o sea… si es diferente.
 
Las primeras palabras que mencionaron: amor, nostalgia, melancolía, tristeza. Si, todas van…
 
Luego ya empezó la crítica formalmente. Socorro me aconseja que ya le meta cosas hard a mis textos. Que soy como muy rosita para escribir (eso es traducción mía). Es que mi lap es rosa. Ha de ser por eso. Bueno, que mis historias eran siempre de amor y así de la ñoñez… nunca había escrito la palabra ñoñez porque se me hace una palabra fresa, pero creo que eso quiso decir Socorro. Eso me lleva a una reflexión. Debo ser congruente conmigo misma y debo ser honesta a la hora de escribir. No creo que mi vida haya sido tan infeliz como para escribir de muertes violentas, violaciones, alcoholismo, drogadicción y cosas peores. El que quiera nota roja que lea el periódico, es muy simple. Creo que puedo desdeñar a lectores como ella porque hablando de temas que desconozco y que no me interesan, seguramente tampoco llamaría su atención. No siento el comentario en mala onda, para nada, pero tampoco me parece realista ni un buen consejo. Simplemente no escribo lo que a ella le gusta leer y no por eso debe recomendarme escribir otra cosa. Pero güeno… como lo más probable es que yo güelva a escribir un texto ñoño, la próxima vez que me diga eso voy a usar argumentos para defenderme. Espero ser muy diplomática porque Socorro me cae bien, pero es perderista y pejista, lo que es aún peor, así que… evidentemente tiene que estar equivocada, vd?
 
Mi vecinita Lourdes, me enteré hoy que así se llama, me llevó un dulce. Y me defendió diciendo que Socorro no estuvo el día de mi texto erótico. Gracias vecinita. Lástima que me lo dijo cuando Jesús me hablaba y ya no tuve chance de escuchar completo, jajaja.
 
Jesús dijo que en algunas partes el texto era medio poético, como en lo de las gaviotas que no volarán sobre la espuma. Y que a veces como que escribo las cosas peladito y en la boca, que no debo darle tanto al lector. Como por ejemplo, cuando digo que con sorpresa descubrí que las rosas ya no tenían aroma, que era suficiente decir que las rosas ya no tenían aroma (sin la sorpresa, pues), que habría sido mejor frase de inicio. Todo el texto surgió por esa frase, en sí. Y no recuerdo cómo la pensé originalmente, pero estoy muy tentada a pensar que lo de la sorpresa fue aderezo mañanero (la frase se me ocurrió desde ayer). Alguien dijo (no recuerdo quién, no sé si Jesús u otro hombre) que no les gustaba que hubiera metido el viejo al final (con eso de "no estabas tú"). Karen secundó. Pero también así pensé mi texto, ¡caramba! Aunque si intenté que pudiera parecer que así nos sentimos cuando perdemos a alguien, no necesariamente un amor, pero a la madre, un amigo, un hermano, qué se yo. Quería que pareciera amor en general, y no amor de pareja… No sé si eso puede lograrse con mi texto y la conclusión "del viejo" es porque ya me han leído otras veces.
 
Raziel, un chico nuevo, dijo que mis textos le parecían como entradas de diario donde yo me desahogaba. Que para mí escribir era terapéutico. Lo voy a invitar a que lea mi blog pa’ que NO se desengañe, jajaja… Si yo nunca lo he negado! Pero me dio risa que sólo en tres textos (y no el primero de Daniela, en el que lo escribo con esas palabras) me haya descifrado así.
 
No quiero hacer lo que dice Socorro. Creo que no va conmigo. Sin embargo, algo me falta, algo me falta, porque siguen diciendo de mí cosas como: "se nota la malicia", "ahí están las herramientas", "bien escrito", pero algo les sigue faltando. O sea, en resumen, como que sigo prometiendo, pero sigo sin cumplir, jajaja… Supongo que uno no se vuelve un buen escritor de la noche a la mañana, pero quiero que vean algo más serio de mí. Jajaja… no sé… bueno… trataré de inspirarme este fin.
 
Ahora permítanme defender un poquito mi texto. No, no está escrito para Fernando. Ni inspirado por él… aunque si tal vez el estado en el que estoy y las cosas que en general escribo y la forma en que en general escribo tenga que ver mucho con él. Nunca lo he negado; mi vida se divide en Antes de Fernando y Después de Fernando. No voy a ocultarlo jamás. Incluso, para que no se confundiera con un texto confesional de mi parte, incluí la parte esa de la playa… pero la ignoraron méndigos! jajaja y Karen sintió que la metí muy a huevipi, como intentando disfrazar mi texto de alguien que no soy yo. Pero no… o sea… no, no era para él, el texto, aunque si probablemente la inspiración sea de mi era Post-Fernando y antes de él nunca hubiera escrito eso.
 
Jesús habló de que nuestros textos deben tener una historia detrás. Yo siento que el mío si la tiene. Me recomendó explotar esa descomposición del mundo que deja ver mi escrito, como por ejemplo, diciendo que la risa no se oye. Una idea similar tenía yo que a la hora de la hora se me olvidó poner. Amado dice que se confundió un poco con lo de la olla de monedas del arcoiris, que pensé que sería un texto infantil. No creo que por un enunciado te confundas tanto, pero bueno. Si era demasiado tierno ese comentario, y de todos modos mi texto era de una hoja, así que… pues se nota más un único enunciado en una hoja que si hubieran sido tres, jajaja. Luego dijeron como que en un principio pensaron que sería un texto de fantasía y pues, tampoco… no tengo tantísima imaginación.
 
Modificaré este texto. Luego lo pondré aquí. No sé si lo llevaré al taller propiamente, porque eso me quitaría la posibilidad de que leyeran otro texto mío, pero igual y pido opinión a Jesús, Karen, Raziel, Amado y Jorge… me interesarían esas opiniones. Y la de ustedes, por supuesto… hace mucho que nadie me comenta, siento que estoy de monólogo… HáblenmeN, please!…
 
A ver si mañana publico la modificación. Bueno… debe ser pronto para escribir lo del próximo martes con tiempo, que sé que este texto sí lo redacté a la carrera… Y ya, chao, ya me quiero dormir…
 
Y en lo que corregía unas faltillas de ortografía recordé que Raziel dijo que yo me veía como sensible y melancólica… sensible supongo que sí… pero no quiero que me piense melancólica… no quiero proyectar eso… es más, no creo proyectarlo, ni siquiera en el taller… siempre ando diciendo pendejadas, jajaja… pendejadas-no-melancólicas, pues… No estoy triste… al contrario me siento muy feliz de lo que pasó con él… Le agradezco tanto que haya formado parte de mi vida… Y se lo agradezco a la vida también… No es algo malo en mi vida, al contrario… si acaso lo maldigo un poquito, a veces… cuando pienso que sus besos y su forma de hacerme el amor era tan perfecta, que dudo mucho que haya alguien que lo pueda hacer mejor. Pinchi Fernando… puso la vara muy alto… méndigo… De castigo te deseo que no se te pare hoy en la noche… nomás hoy pues…